Susanna Griso habla así de Antonio Banderas tras escuchar al actor criticar a Pedro Sánchez.
Trataron las palabras del intérprete malagueño en ‘Espejo Público’.

Lo que ocurrió este miércoles por la noche en El Hormiguero no fue una simple entrevista promocional ni una charla amable entre un presentador y una estrella internacional del cine.
Fue uno de esos momentos televisivos que, sin estridencias ni gritos, terminan marcando agenda. Antonio Banderas, con el tono sereno que le caracteriza y sin necesidad de levantar la voz, lanzó una reflexión política que ha provocado un eco profundo en medios, tertulias, redes sociales y, finalmente, en el propio Gobierno.
Banderas no es un tertuliano habitual ni un político camuflado de artista. Es uno de los actores españoles más reconocidos del mundo, alguien que ha construido su carrera fuera de nuestras fronteras y que, precisamente por eso, suele medir mucho sus palabras cuando habla de la política nacional.
Quizá por eso, cuando decidió hacerlo, el impacto fue mayor. No parecía una frase improvisada, sino una idea largamente meditada.
Todo surgió a raíz de una pregunta de Pablo Motos sobre la actualidad y el contexto político, tanto en España como a nivel internacional.
En ese momento, Banderas puso el foco en el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y lo hizo con una metáfora que ha sido repetida hasta la saciedad desde entonces.
Dijo que la mayor oposición de Sánchez sería su propio Gobierno de hace cuatro años.
Que si aquel Ejecutivo se sentara hoy en la bancada de la oposición del Partido Popular, sería el rival más duro del actual Gobierno socialista.
La frase, aparentemente sencilla, encierra una crítica de fondo muy concreta: la idea de incoherencia política.
Banderas no habló de ideología en términos clásicos, ni de derechas o izquierdas. Habló de principios.
Reconoció que cambiar de opinión es algo humano, natural e incluso necesario.
Pero trazó una línea clara entre evolucionar y renunciar a los valores que definen una forma de entender la política y la vida pública.
Según sus palabras, ese cruce de línea ha sido “muy doloroso para muchos”.
Ese “muchos” fue interpretado de inmediato como una referencia a votantes tradicionales del socialismo, personas que en algún momento confiaron en Pedro Sánchez y que hoy se sienten desorientadas o decepcionadas.
No es una crítica nueva en el debate público, pero sí resultó especialmente potente al venir de alguien que no suele alinearse con discursos partidistas ni buscar el aplauso fácil de un sector ideológico concreto.
La reacción no se hizo esperar. Al día siguiente, las palabras de Banderas fueron uno de los temas centrales en Espejo Público, el programa matinal de Antena 3 presentado por Susanna Griso.
La propia conductora introdujo el vídeo subrayando que el actor había “sorprendido” con su crítica al presidente del Gobierno, una elección de palabras que ya anticipaba la intensidad del debate que se avecinaba.
Rubén Amón fue el primero en tomar la palabra y lo hizo con una frase que levantó ampollas. “¿Quién le iba a decir a Antonio Banderas que a su edad se iba a convertir en un fascista? No cabemos tantos”, dijo, en un comentario cargado de ironía que rápidamente se viralizó.
Más allá del tono provocador, Amón trató de situar el debate en otro terreno, el de la decepción ideológica.
Aseguró que muchos de los críticos actuales de Sánchez no vienen de la derecha, sino de un espacio socialdemócrata que se siente huérfano de referentes.
El propio Amón se definió como “un socialdemócrata liberal que está en el centro” y afirmó que quien ha cambiado “las reglas del juego y de categoría” ha sido el presidente del Gobierno.
Con ello, reforzaba la tesis de Banderas: no se trata tanto de un giro ideológico del actor como de un desplazamiento del propio Ejecutivo respecto a posiciones que antes defendía.
La conversación subió de tono cuando intervino Samantha Villar, que expresó su sorpresa por ver a un actor posicionarse de manera crítica con la izquierda.
Ese comentario abrió la puerta a una reflexión interesante: ¿por qué se da por hecho que el mundo de la cultura debe alinearse de forma automática con determinadas posiciones políticas? ¿Desde cuándo opinar libremente se interpreta como una traición a un supuesto bloque ideológico homogéneo?
Fue entonces cuando Susanna Griso lanzó una de las frases más comentadas del programa.
Señaló que Antonio Banderas habla “desde la tranquilidad” de quien financia sus propios proyectos, sus musicales y sus producciones, y no depende de subvenciones públicas.
Una afirmación que, sin decirlo explícitamente, introduce un elemento clave en el debate cultural y político en España: la relación entre independencia económica y libertad de expresión.
Griso fue más allá y recordó el recorrido vital y profesional del actor. Desde sus inicios como “chico Almodóvar” hasta su actual posición como empresario cultural con proyectos propios en Málaga y fuera de España.
Subrayó la paradoja de que Banderas haya terminado en un lugar ideológico distinto al de Pedro Almodóvar, uno de los directores que más abiertamente apoyó a Pedro Sánchez durante años, aunque incluso ese apoyo se ha ido matizando con el tiempo.
El eco mediático fue tan fuerte que el Gobierno decidió responder. Y lo hizo en el mismo programa, Espejo Público, a través de una entrevista con la ministra de Vivienda, Isabel Rodríguez.
Su tono fue medido, consciente de que responder de forma agresiva a una figura tan querida como Banderas podía resultar contraproducente.
Rodríguez comenzó mostrando respeto y admiración por el actor, al que calificó como una persona universal y uno de los mejores intérpretes del país.
Sin embargo, dejó claro que no compartía su opinión política. A partir de ahí, articuló una defensa cerrada de la acción del Gobierno desde una perspectiva ideológica muy concreta.
La ministra insistió en que el Ejecutivo representa una política comprometida con los derechos humanos, con el acceso a la vivienda y con la lucha contra quienes, según sus palabras, pisotean esos derechos.
Reivindicó una acción política orientada a la paz y no a la guerra, y subrayó la importancia de combatir cualquier forma de normalización de las agresiones sexuales, un mensaje que conecta con otros debates recientes de gran carga emocional y social.
Rodríguez cerró su intervención apelando a la necesidad de dar la batalla política desde la izquierda y la socialdemocracia, defendiendo que ese combate es hoy más necesario que nunca para recuperar una sociedad basada en el entendimiento, la convivencia y la paz.
Un discurso que busca reagrupar a un electorado disperso y responder, de forma indirecta, a esa sensación de desencanto a la que aludía Banderas.
Más allá de las frases concretas y de los cruces de declaraciones, lo ocurrido revela algo más profundo.
La figura de Antonio Banderas funciona aquí como catalizador de un malestar que no se limita a un sector ideológico concreto.
Su intervención ha servido para que muchas personas expresen públicamente una sensación de distancia respecto al Gobierno sin sentirse automáticamente encasilladas en una etiqueta política.
El debate también ha puesto sobre la mesa el papel de los artistas en la conversación pública. Durante años, se ha asumido que el mundo de la cultura debía hablar con una sola voz, casi siempre asociada a posiciones progresistas.
Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. Hay trayectorias vitales, experiencias internacionales y contextos personales que influyen en la forma de ver la política.
Banderas no habla desde el resentimiento ni desde la militancia, sino desde una mirada crítica que interpela precisamente por su falta de estridencia.
El impacto de sus palabras demuestra, además, el poder que aún tiene la televisión generalista cuando se produce un momento auténtico.
No fue un monólogo preparado ni una intervención pensada para viralizarse. Fue una reflexión espontánea, formulada con cuidado, que conectó con una audiencia amplia.
En un tiempo de discursos polarizados y mensajes simplificados, esa forma de hablar resulta casi subversiva.
Para el espectador, para el ciudadano que sigue estos debates, el episodio invita a algo más que a tomar partido. Invita a reflexionar sobre la coherencia política, sobre la diferencia entre principios y estrategias, y sobre el derecho —y la responsabilidad— de las figuras públicas a expresar opiniones incómodas sin ser automáticamente descalificadas.
Antonio Banderas no ha anunciado ningún movimiento político ni ha llamado a votar a nadie.
Ha hecho algo más sencillo y, quizá por eso, más perturbador: ha verbalizado una sensación compartida por muchos desde un lugar de prestigio y credibilidad personal.
La reacción en cadena que se ha producido desde entonces confirma que el tema va mucho más allá de una entrevista televisiva.
En un país acostumbrado a debates ruidosos, este episodio demuestra que una crítica formulada con calma puede tener más recorrido que mil eslóganes.
Y que, cuando una figura pública habla desde la convicción personal y no desde la consigna, el eco es inevitable. El debate sigue abierto.
La conversación continúa. Y la pregunta que queda flotando es incómoda, pero necesaria: ¿cuántos más piensan como Banderas y aún no lo han dicho en voz alta?