ARTURO PÉREZ-REVERTE HUMILLA a ANTONIO MAESTRE con VENEZUELA.

En los últimos días, un artículo publicado por Antonio Maestre en laSexta ha vuelto a abrir una grieta profunda en el debate político y social español.
No tanto por su contenido concreto —que no aporta datos nuevos ni análisis riguroso— sino porque condensa con una precisión inquietante una forma de pensar cada vez más extendida en una parte de la izquierda española: una izquierda que se autodefine como progresista, pero que empieza a asumir sin complejos discursos de exclusión cuando el inmigrante no encaja en su esquema ideológico.
Lo llamativo no es solo lo que se dice, sino a quién se señala. Porque, por primera vez de forma tan explícita, el foco no se pone en la inmigración en abstracto, ni en cifras globales, ni en sistemas de acogida colapsados. Se pone nombre y apellido a un colectivo concreto: los venezolanos.
Y se les describe, de forma homogénea, como una amenaza ideológica, como portadores de un supuesto “fascismo internacional”, como una migración indeseable no por su situación económica o social, sino por su manera de pensar.
Durante años, el discurso dominante ha defendido que “nadie es ilegal”, que las fronteras son una construcción arbitraria y que el asilo debe concederse de manera amplia.
Cualquiera que cuestionara ese marco era rápidamente etiquetado como reaccionario, xenófobo o directamente fascista.
Sin embargo, cuando el inmigrante resulta incómodo políticamente, cuando no vota como se espera o cuando critica al régimen del que huye, el relato cambia de forma abrupta.
Eso es lo que muchos han visto reflejado en el texto de Maestre. No una crítica a un modelo migratorio concreto, sino una descalificación ideológica de una diáspora entera.
Un planteamiento que no distingue entre realidades individuales, trayectorias personales ni contextos sociales.
Un discurso que sustituye el análisis por el insulto y la generalización.
La diáspora venezolana en España no es un bloque monolítico. Basta con mirar los datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística o los estudios de integración laboral para comprobarlo.
La mayoría de los venezolanos que han llegado en los últimos años lo han hecho empujados por el colapso económico, la inflación descontrolada y la falta de oportunidades reales en su país.
Trabajan, en su mayoría, en sectores precarizados: reparto a domicilio, transporte privado, cuidados, limpieza, hostelería.
No viven en urbanizaciones de lujo ni forman parte de élites financieras.
Existe, por supuesto, una minoría con alto poder adquisitivo, concentrada en zonas como el barrio de Salamanca en Madrid.
Pero reducir a millones de personas a ese perfil no solo es falso, sino profundamente deshonesto.
Y lo más paradójico es que dentro de esa élite económica hay también simpatizantes o beneficiarios directos del chavismo, algo que rara vez se menciona cuando se construye el relato del “venezolano facha”.
El lenguaje importa. Cuando se habla de “gusanera venezolana” no se está describiendo una realidad sociológica, se está utilizando un insulto importado de otro contexto, con una carga histórica muy concreta.
Es un término usado tradicionalmente por regímenes autoritarios para deshumanizar al exiliado, para señalarlo como traidor, como desecho.
Aplicarlo a personas que han huido de una dictadura no es solo una torpeza intelectual, es una irresponsabilidad moral.
Y aquí aparece una de las grandes contradicciones del discurso progresista actual.
Se exige empatía, comprensión y cuidado con determinados colectivos, pero se normaliza el desprecio hacia otros cuando no encajan en la narrativa dominante.
Se denuncia la islamofobia —con razón— pero se acepta sin pudor la caricaturización del venezolano como ultraderechista, millonario y peligroso.
La realidad, sin embargo, es mucho más compleja. Los venezolanos no “huyen del socialismo” como consigna ideológica, huyen de un sistema concreto que ha destruido su economía, sus instituciones y su futuro.
Confundir eso con un rechazo automático a cualquier política social es una simplificación infantil.
De hecho, muchos de ellos mantienen posiciones progresistas en lo social, en derechos civiles o en políticas públicas, aunque sean profundamente críticos con el chavismo.
Lo que sí existe, y es lógico, es un rechazo visceral a cualquier discurso que recuerde mínimamente al régimen del que escaparon.
No por dogma, sino por experiencia. Y eso no convierte a nadie en fascista, sino en alguien marcado por una vivencia traumática.
El problema de fondo no es la inmigración venezolana, ni siquiera la inmigración en general.
El problema es la incapacidad de una parte de la izquierda española para aceptar la pluralidad ideológica de los migrantes.
Se los quiere como mano de obra, como símbolo, como cifra que engrose estadísticas humanitarias, pero no como ciudadanos con criterio propio.
Cuando un venezolano critica al Gobierno español, deja de ser refugiado para convertirse en “gusano”.
Cuando se alegra de una derrota electoral de la izquierda, pasa a ser “ultraderecha internacional”.
Cuando no vota como se espera, se cuestiona incluso su derecho a estar aquí. Ese es el mensaje implícito que muchos han percibido.
El debate sobre la inmigración masiva es legítimo. España tiene problemas reales de vivienda, de servicios públicos saturados y de integración social.
Plantear límites, condiciones y retornos no es automáticamente racista. Lo racista es aplicar criterios distintos según la ideología del inmigrante.
Defender fronteras abiertas para unos y cerradas para otros según a quién voten.
Resulta especialmente llamativo que este discurso surja precisamente desde medios y opinadores que durante años han acusado a la derecha de deshumanizar al inmigrante.
Ahora, la deshumanización se reviste de moral progresista y se presenta como una defensa de la democracia frente al “fascismo”.
Pero cuando todo es fascismo, nada lo es. Convertir cualquier discrepancia en una amenaza totalitaria no fortalece la democracia, la vacía de contenido. Y banaliza peligros reales que sí existen.
La reacción de figuras como Arturo Pérez-Reverte, negándose siquiera a comentar lo que define como “basura sectaria”, refleja un hartazgo cada vez más extendido.
No es una cuestión de derechas o izquierdas, sino de honestidad intelectual. De llamar a las cosas por su nombre.
España ha sido históricamente un país de emigrantes. Millones de españoles huyeron de la miseria, de dictaduras o simplemente de la falta de oportunidades.
En muchos casos fueron recibidos con prejuicios, con sospechas, con desprecio. Repetir ahora esos mismos patrones, pero desde un pedestal moral, es una ironía cruel.
Los venezolanos no son un peligro para España. No son un bloque ideológico. No son millonarios ni fascistas por defecto. Son personas.
Con acentos distintos, con opiniones diversas, con historias complejas. Tratar de reducirlos a una caricatura sirve solo para alimentar el resentimiento y fracturar aún más una sociedad ya polarizada.
El debate migratorio necesita datos, humanidad y sentido común. No panfletos. No insultos.
No artículos escritos desde la burbuja de una urbanización cómoda, ajena a la realidad de quien limpia casas, reparte comida o conduce doce horas al día para llegar a fin de mes.
España no se construye excluyendo al diferente por pensar distinto. Se destruye así.
Y quizá ha llegado el momento de que quienes se autoproclaman defensores de la libertad se pregunten si están defendiendo principios… o simplemente sus propios intereses políticos.
Porque la verdadera prueba del progresismo no es a quién acoges, sino a quién respetas cuando no te da la razón.