Un vídeo olvidado vuelve para incomodar a muchos. Almudena Ariza rescata unas imágenes de 2004 que hoy adquieren un significado inquietante al describir a Julio Iglesias y hablar abiertamente de “comportamientos de abuso de poder”. No es una acusación nueva, pero sí una mirada al pasado que reabre preguntas incómodas. ¿Por qué entonces pasó desapercibido? ¿Y por qué ahora resulta tan revelador? A veces, el archivo habla cuando el presente ya no puede mirar hacia otro lado.

Almudena Ariza recupera el vídeo de 2004 que “retrata a Julio Iglesias”: “Conductas de poder y abuso”.

 

 

El cantante besó en reiteradas ocasiones a la presentadora argentina Susana Giménez, que trataba de zafarse de él en directo.

 

 

 

 

Hay imágenes que envejecen mal. No porque pierdan calidad, sino porque la sociedad cambia y, de repente, aquello que durante años se toleró, se rió o se aplaudió, hoy incomoda, duele y provoca rechazo.

 

Eso es exactamente lo que ha ocurrido con un vídeo grabado en 2004 en la televisión argentina, protagonizado por Julio Iglesias y la presentadora Susana Giménez, que ha vuelto a circular con fuerza tras la publicación de una investigación conjunta de elDiario.es y Univisión sobre los presuntos abusos sexuales cometidos por el cantante contra dos exempleadas de sus mansiones en Bahamas y Punta Cana.

 

 

El contexto no es menor. Las mujeres denunciantes describen un entorno marcado por el control absoluto, el miedo constante y un clima de acoso que, según relatan, se sostenía en el poder casi ilimitado del artista.

 

Hablan de terror, de humillaciones, de agresiones sexuales y de una relación laboral atravesada por una jerarquía extrema en la que decir “no” no era una opción real. En ese escenario, cualquier gesto del pasado adquiere ahora una nueva lectura.

 

 

Almudena Ariza fue una de las primeras periodistas en señalarlo públicamente.

 

Recuperó el fragmento de aquella entrevista televisiva y lo acompañó de un mensaje directo, sin adornos.

 

En las imágenes, Julio Iglesias besa repetidamente a Susana Giménez mientras ella intenta apartarse, reír nerviosamente y marcar límites.

 

Hoy, esas escenas resultan incómodas de ver. No por una sensibilidad exagerada, sino porque muestran una dinámica de poder que durante décadas fue normalizada: el hombre famoso que invade el espacio, la mujer que sonríe para salir del paso, el plató que ríe, la incomodidad convertida en espectáculo.

 

 

Ariza lo resumía con claridad: ese vídeo pone el foco en conductas de abuso y dominio que durante años se aceptaron sin cuestionamiento.

 

Y ese es, quizá, el núcleo del debate actual. No se trata solo de lo que ocurrió en unas mansiones privadas, sino de un patrón cultural más amplio que protegió, justificó y blanqueó determinados comportamientos cuando venían acompañados de fama, éxito y poder.

 

 

Sin embargo, mientras una parte de la sociedad revisa críticamente el pasado, otra parece empeñada en defenderlo sin matices.

 

La reacción de algunos programas de televisión ha sido especialmente polémica.

 

Telecinco decidió levantar su programación de prime time para emitir un especial de ¡De Viernes!, dedicado al caso, con la presencia en plató de figuras cercanas al cantante como Ana Obregón o Makoke.

 

Lejos de aportar análisis o contexto, el espacio se convirtió para muchos espectadores en un ejercicio de blanqueamiento mediático.

 

 

Makoke, que aseguró haber mantenido un romance de seis meses con Iglesias, se mostró visiblemente afectada y sorprendida por las denuncias.

 

“Conmigo siempre fue un señor”, afirmó. Lo repitió varias veces, como si su experiencia personal pudiera invalidar automáticamente el testimonio de otras mujeres.

 

“Como jefe también fue siempre impoluto”, añadió, describiendo un entorno laboral idílico en el que, según ella, todas eran tratadas con respeto y cariño.

 

 

Ese tipo de declaraciones son habituales en casos de violencia sexual y suelen tener un efecto devastador.

 

No porque sean falsas en sí mismas —es perfectamente posible que una persona no haya sufrido abusos— sino porque desplazan el foco.

 

El mensaje implícito es claro: si conmigo no pasó, entonces no pasó. Y ese razonamiento ignora una realidad ampliamente documentada por expertos: los abusadores no se comportan igual con todas las personas, ni en todos los contextos, ni en todas las etapas de su vida.

 

 

Ana Obregón fue incluso más allá. Visiblemente molesta, criticó lo que llamó “el retrato” que se está haciendo de Julio Iglesias. Reivindicó su relación personal de décadas con el artista y aseguró que nunca vio comportamientos similares a los descritos por las denunciantes.

 

“Ese Julio que retratan no es”, insistió. Habló de convivencia, de confianza, de cercanía. De nuevo, una experiencia individual elevada a verdad universal.

 

 

Pero el momento más controvertido llegó cuando la bióloga marina lanzó un comentario que muchos calificaron de ofensivo y revictimizante.

 

“A vosotros os hacen favores toda la noche y no os pasa nada”, dijo en referencia a los hombres, provocando risas en parte del público.

 

La escena generó indignación inmediata en redes sociales, no solo por la burla implícita, sino porque ejemplificaba con crudeza cómo todavía hoy se trivializa el sufrimiento de las víctimas de agresión sexual.

 

 

Lejos de quedarse ahí, Obregón cuestionó directamente el testimonio de las denunciantes con preguntas que recuerdan a los peores clichés del machismo judicial y mediático.

 

“¿Estabas esposada? ¿Estabas clavada en la cama? ¿Por qué no te has ido?”, planteó. Son preguntas que ignoran por completo conceptos básicos como el abuso de poder, la coerción psicológica, la dependencia económica o el miedo real a perder el trabajo, el sustento o incluso la seguridad personal.

 

 

Lo preocupante no es solo que estas palabras se dijeran en directo, sino que fueran emitidas en una cadena de máxima audiencia, sin una respuesta contundente por parte del programa.

 

Ese silencio, o esa tibieza, es parte del problema. Porque contribuye a perpetuar la idea de que las víctimas deben justificar cada paso, cada decisión, cada segundo de su relato, mientras el presunto agresor es protegido por su trayectoria, su carisma o su legado artístico.

 

 

La investigación de elDiario.es y Univisión aporta, precisamente, lo contrario a un simple testimonio aislado. Incluye documentos laborales, mensajes, audios, fotografías y el relato de profesionales que atendieron las secuelas psicológicas de las mujeres.

 

Sitúa los hechos en un marco concreto, con fechas, lugares y dinámicas repetidas. No es un rumor ni una acusación vaga: es un trabajo periodístico respaldado por pruebas y por una contextualización rigurosa.

 

 

Además, la Fiscalía de la Audiencia Nacional ha anunciado que tomará declaración a las denunciantes en calidad de testigos protegidos, una medida que no se adopta a la ligera.

 

También se ha sabido que otras exempleadas se han puesto en contacto con organizaciones de apoyo, aunque sin que se hayan hecho públicos más detalles para preservar su intimidad.

 

Todo ello refuerza la gravedad del caso y desmonta la idea de que se trata de una simple campaña de desprestigio.

 

 

Frente a este escenario, el papel de los medios es clave. No solo para informar, sino para decidir cómo se informa. El enfoque importa.

 

Las palabras importan. Dar más espacio a quienes defienden al presunto agresor que a quienes explican el contexto del abuso no es neutralidad: es tomar partido. Y hacerlo, además, desde una posición de enorme influencia social.

 

 

 

 

El vídeo de 2004 funciona hoy como un espejo incómodo. No prueba por sí solo ningún delito, pero sí revela una forma de relacionarse que durante años fue celebrada.

 

La incomodidad de Susana Giménez, visible y explícita, fue ignorada entonces. Hoy, a la luz de las denuncias, ese gesto adquiere un significado distinto.

 

No porque cambien los hechos, sino porque cambia la mirada colectiva.

 

 

Este caso obliga a una reflexión más amplia. Sobre el poder de los ídolos. Sobre la dificultad de señalar a figuras intocables.

 

Sobre el coste personal que asumen quienes denuncian. Y sobre la responsabilidad de quienes, teniendo un altavoz mediático, deciden usarlo para desacreditar, ridiculizar o silenciar.

 

No se trata de condenar sin juicio ni de negar la presunción de inocencia. Se trata de algo mucho más básico: escuchar, contextualizar y no revictimizar.

 

De entender que el “yo no lo viví así” no invalida el dolor ajeno. De asumir que el abuso no siempre deja marcas visibles, ni cadenas, ni esposas. A veces deja miedo, dependencia y silencio.

 

La reacción social ante este caso demuestra que algo está cambiando, pero también que queda mucho por hacer.

 

Cada aplauso en un plató, cada risa nerviosa, cada pregunta culpabilizadora es un recordatorio de por qué tantas víctimas tardan años en hablar.

 

Y de por qué, cuando lo hacen, se enfrentan no solo al presunto agresor, sino a todo un sistema dispuesto a protegerlo.

 

Quizá el verdadero debate no sea quién fue Julio Iglesias para quienes lo conocieron de cerca, sino qué estamos dispuestos a tolerar como sociedad cuando el talento y la fama entran en juego.

 

Porque revisar el pasado no es un ejercicio de venganza, sino una oportunidad para no repetir los mismos errores.

 

Y porque escuchar a las víctimas, incluso cuando incomoda, es el primer paso para construir algo mejor.

 

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