Antonio Naranjo no pierde el tiempo al sentenciar las amenazas a Sarah Santaolalla y siembra la polémica con el ‘pero’ que pone.
Antonio Naranjo no duda en apoyar a su compañera Sarah Santaolalla por las amenazas que recibe pero termina señalando a Pedro Sánchez en su mensaje.

Hay momentos en los que una noticia deja de ser solo una noticia y se convierte en una alarma.
No porque ocurra algo completamente nuevo, sino porque lo que sucede concentra demasiadas señales de peligro como para mirar hacia otro lado.
Lo que está viviendo Sarah Santaolalla en los últimos días es uno de esos casos que incomodan, que obligan a posicionarse y que revelan hasta qué punto el clima político y mediático en España se ha ido degradando sin que muchos quisieran admitirlo.
Todo empezó en un plató de televisión, en directo, delante de millones de espectadores. Un ataque machista explícito, pronunciado con naturalidad por una diputada del Partido Popular en la Asamblea de Madrid, Eli Vigil, en el programa En boca de todos.
No fue un comentario aislado ni una frase sacada de contexto. Fue una descalificación personal, dirigida a una analista política por el simple hecho de ser mujer, de opinar y de no plegarse.
Aquella escena ya generó indignación, pero lo que vino después ha superado cualquier límite razonable.
Porque el problema no se quedó en el plató ni en las redes sociales. En las últimas horas, la tumba de las Trece Rosas ha aparecido vandalizada con amenazas de muerte dirigidas explícitamente a Sarah Santaolalla.
Un mensaje que no necesita demasiada interpretación. No es un acto vandálico cualquiera, no es una gamberrada ni una pintada sin significado.
Es una intimidación directa, cargada de simbolismo histórico y político, que apunta a una mujer concreta y que busca provocar miedo.
La propia Sarah lo expresó con palabras que helan la sangre. “Ha sido vandalizada la tumba de las Trece Rosas con amenazas de muerte hacia mí.
No es casualidad: mujeres asesinadas por enfrentarse al fascismo y no doblegarse. Siento auténtico terror”. No hay victimismo en esa frase.
Hay una constatación. El miedo no como estrategia, sino como reacción humana ante una amenaza real.
Las Trece Rosas no son un símbolo neutro. Representan a trece jóvenes fusiladas por el franquismo por no someterse, por defender ideas democráticas en un contexto de terror.
Utilizar su memoria para amenazar a una analista política en pleno siglo XXI no es solo una provocación. Es una advertencia.
Un mensaje que conecta pasado y presente de la forma más oscura posible.
Este episodio no llega aislado. Se suma a una cadena de acoso diario en redes sociales, mensajes de odio, amenazas constantes y una persecución mediática que ha cruzado líneas peligrosas.
En los últimos días, Vito Quiles ha seguido a Sarah Santaolalla desde su lugar de trabajo en TVE hasta su propia casa.
No como periodista que hace una pregunta incómoda, sino como alguien que persigue, graba y expone.
Una práctica que nada tiene que ver con el derecho a la información y mucho con el hostigamiento personal.
La suma de todos estos elementos dibuja un escenario preocupante. No es una discusión ideológica dura, que forma parte de cualquier democracia.
Es un proceso de señalamiento. Primero se desacredita, luego se insulta, después se persigue y finalmente se amenaza.
Y cuando se llega a ese punto, ya no hablamos de libertad de expresión, sino de seguridad.
Por eso las reacciones de apoyo han ido más allá de los habituales alineamientos políticos. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, condenó públicamente lo ocurrido con palabras claras: “Las Trece Rosas representan la dignidad frente al fanatismo.
Profanar su memoria y amenazar de muerte a una periodista es cruzar una línea intolerable. El odio, el machismo y el miedo no van a imponerse en nuestra democracia”. Un mensaje institucional que reconoce la gravedad del ataque y su carga simbólica.
A ese apoyo se han sumado representantes políticos de distintas sensibilidades, como Pablo Iglesias, y compañeros de profesión de perfiles muy distintos.
El Consejo de Informativos de TVE, Xabier Fortes y numerosos periodistas han expresado su solidaridad.
Pero quizá uno de los mensajes más significativos ha sido el de Antonio Naranjo.
Naranjo y Santaolalla están en las antípodas ideológicas. Discrepan a diario en tertulias, se enfrentan en debates y representan visiones opuestas de la política y de la sociedad.
Precisamente por eso, su reacción tiene un peso especial. “La pintada contra Sarah Santaolalla es una infamia que define a quien la hizo y ella tiene todo el derecho a asustarse y a denunciarlo. Todo mi apoyo”, escribió en su cuenta de X.
Ese gesto rompe el relato simplista de bandos cerrados. Reconoce algo básico: que más allá de las diferencias, hay límites que no se pueden cruzar. Amenazar de muerte a una periodista no es un exceso del debate político, es un delito. Y normalizarlo, justificarlo o relativizarlo es abrir una puerta peligrosa.
Ahora bien, el propio Naranjo introdujo un matiz que ha generado debate. Tras mostrar su apoyo a Santaolalla, criticó al Gobierno por utilizar el episodio, según él, para legitimar un discurso sobre un peligro estructural de la ultraderecha.
“Pero que lo use el Gobierno para legitimar su discurso sobre un peligro estructural de la ultraderecha es infame y ridículo”, añadió.
Esa frase revela otra capa del problema. Incluso cuando hay consenso en condenar la amenaza, el contexto político lo contamina todo.
Se apoya a la víctima, pero se discute el marco. Se rechaza el acto, pero se cuestiona la lectura global.
Y mientras tanto, la amenaza sigue ahí, real, concreta, dirigida a una persona con nombre y apellidos.
El debate sobre si existe o no un peligro estructural no puede tapar lo evidente: una mujer analista política ha sido acosada, perseguida y amenazada de muerte.
Y eso no es una percepción subjetiva ni una exageración. Está documentado, es visible y tiene consecuencias psicológicas y personales muy graves.
El miedo que expresa Sarah Santaolalla no es retórico. Es el miedo de alguien que ve cómo el discurso de odio se materializa en actos.
De alguien que entiende que ya no se trata solo de insultos en redes, sino de intimidaciones que afectan a espacios de memoria histórica y a su propia seguridad personal.
Hay también una dimensión machista que no se puede obviar. Las mujeres que opinan en política reciben ataques más virulentos, más personales y más constantes.
Se cuestiona su legitimidad, su capacidad y su derecho a estar ahí. Cuando no basta con desacreditarlas intelectualmente, se pasa al insulto. Y cuando el insulto ya no sirve, llega la amenaza.
Este caso debería obligar a una reflexión colectiva. Sobre el papel de ciertos formatos televisivos que alimentan la confrontación sin asumir las consecuencias. Sobre los límites del llamado “periodismo de persecución”.
Sobre la responsabilidad de quienes, desde cargos públicos o plataformas mediáticas, normalizan un clima de hostilidad constante.
También interpela a quienes miran hacia otro lado porque la víctima no piensa como ellos. La democracia no se defiende solo cuando atacan a los nuestros. Se defiende siempre, precisamente cuando el atacado es alguien con quien discrepamos profundamente.
Lo ocurrido con la tumba de las Trece Rosas no es un gesto aislado. Es un símbolo de hasta dónde puede llegar la deshumanización del adversario político.
Convertir la memoria de mujeres asesinadas por el fascismo en un instrumento de amenaza actual es una forma de decir: “sabemos lo que representas y sabemos cómo hacerte callar”.
La pregunta es qué hacemos como sociedad frente a eso. Si lo tratamos como un episodio más del ruido político o si entendemos que hay líneas que, una vez cruzadas, exigen una respuesta firme y unitaria. No solo institucional, sino social y mediática.
Porque hoy es Sarah Santaolalla. Mañana puede ser cualquier otra persona que se atreva a opinar, a analizar o a no encajar en el molde que algunos consideran aceptable.
El silencio, la equidistancia cómoda o la minimización solo benefician a quienes utilizan el miedo como herramienta.
No se trata de ideología. Se trata de democracia, de seguridad y de dignidad. De decidir si queremos un espacio público donde el desacuerdo sea duro pero seguro, o uno donde opinar tenga un precio cada vez más alto.
Lo que está en juego no es un debate televisivo ni una polémica pasajera. Es algo mucho más profundo. Y mirar hacia otro lado, esta vez, no es una opción.