Una despedida escrita desde el corazón ha convertido el silencio en un homenaje imposible de ignorar. Lolita Flores ha dicho adiós a Pepe Habichuela con unas palabras que resumen toda una vida entregada al arte.
Cuando una guitarra deja de sonar pero no desaparece: Lolita Flores despide a Pepe Habichuela y el flamenco reconoce a uno de sus grandes maestros
La muerte de un artista verdaderamente influyente no puede medirse únicamente por el número de discos publicados, los premios acumulados o los nombres famosos con los que compartió escenario. Su importancia se descubre, sobre todo, en la cantidad de caminos que abrió para quienes llegaron después. Pepe Habichuela pertenecía a esa categoría excepcional: la de los músicos que protegieron la raíz del flamenco sin convertirla en una pieza inmóvil de museo.
Desde nuestra mirada editorial, su fallecimiento no representa solamente la pérdida de un extraordinario guitarrista. También supone la desaparición de uno de los últimos grandes puentes humanos entre el flamenco aprendido en las familias, los tablaos de la segunda mitad del siglo XX y las generaciones que comenzaron a dialogar con el jazz, la música india y otras tradiciones internacionales.
José Antonio Carmona Carmona, conocido artísticamente como Pepe Habichuela, falleció en Madrid el 4 de agosto de 2026 a los 82 años. Una enfermedad lo había mantenido apartado de los escenarios desde 2024, aunque su influencia continuaba presente en su familia, en sus grabaciones y en numerosos artistas que lo reconocían como maestro.
Entre las despedidas más sentidas destacó la de Lolita Flores. Su mensaje no hablaba únicamente de admiración profesional. Recordaba noches compartidas en espacios históricos del flamenco madrileño, momentos felices y etapas difíciles en las que la familia Habichuela permaneció cerca de ella. Al escribir que no habría otro como él, Lolita estaba despidiendo tanto al músico como al amigo que había formado parte de su memoria íntima.
Una despedida nacida de una relación verdadera
Las redes sociales se llenan con frecuencia de mensajes de condolencia cuando fallece una personalidad conocida. Algunos son institucionales, otros responden al respeto profesional y unos pocos dejan ver una historia personal que comenzó mucho antes del titular.
La despedida de Lolita pertenece claramente a este último grupo.
La cantante recordó las noches vividas en Casa Patas y en El Candela, dos lugares vinculados a una época fundamental de la vida flamenca de Madrid. En aquellos espacios no solo se celebraban actuaciones: se formaban amistades, surgían colaboraciones y convivían artistas veteranos con jóvenes que todavía buscaban su sitio.
Lolita explicó que, pese a la diferencia de edad, Pepe Habichuela había estado presente durante etapas buenas y menos favorables. Lo describió como parte de su propia familia y trasladó su afecto a Amparo, esposa del guitarrista; a su hijo Josemi Carmona; y al resto de la dinastía. Su homenaje fue recogido junto a los mensajes de otras figuras del arte que quisieron recordar al maestro.
La emoción de sus palabras adquiere además un significado especial por una coincidencia reciente. En febrero de 2026, el Gobierno concedió tanto a Pepe Habichuela como a Lolita Flores la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio. El reconocimiento a ambos se enmarcó en el acto oficial de homenaje al pueblo gitano, donde se destacó su aportación a la cultura española.
Solo unos meses después, Lolita ha tenido que despedir al hombre con quien compartió no únicamente una distinción institucional, sino también una parte esencial de la historia artística y afectiva de su familia.
Mucho más que el patriarca de una saga
Hablar de Pepe Habichuela conduce inevitablemente a hablar de familia. Pertenecía a una de las grandes dinastías del flamenco español, iniciada varias generaciones antes y continuada por hermanos, hijos, sobrinos y nietos.
Fue padre de José Miguel Carmona, conocido como Josemi, y tío de Antonio Carmona, dos nombres estrechamente ligados a Ketama. La formación desempeñó un papel decisivo en la renovación del flamenco durante las últimas décadas del siglo XX, acercándolo a nuevos públicos y combinándolo con otros lenguajes musicales.
Sin embargo, presentar a Pepe únicamente como el patriarca de quienes llegaron después reduciría injustamente su propia dimensión.
Nacido en Granada en 1944, creció dentro de una tradición en la que el aprendizaje no dependía solamente de una enseñanza académica. El compás se escuchaba en casa, el toque se transmitía observando a los mayores y el flamenco formaba parte de una manera de vivir. La Administración española lo describió como uno de los últimos representantes de la época dorada desarrollada durante los años sesenta y setenta.
En 1964 se trasladó a Madrid, donde se integró en los principales ambientes profesionales del género y comenzó a trabajar con cantaores y bailaores fundamentales. Su debut en el tablao Torres Bermejas abrió una etapa en la que acompañó a figuras como Camarón de la Isla, Juanito Valderrama, Antonio Gades y Enrique Morente.
El acompañamiento flamenco requiere una sensibilidad particular. El guitarrista no puede limitarse a exhibir técnica ni ocupar todo el espacio. Debe escuchar la respiración del cantaor, comprender el movimiento del bailaor y saber cuándo sostener, responder o guardar silencio.
Pepe convirtió esa capacidad de escuchar en una de sus grandes virtudes.

Enrique Morente y una alianza que modificó el flamenco
Una parte imprescindible de su legado se encuentra en su colaboración con Enrique Morente. Ambos compartían respeto por la tradición, pero entendían que protegerla no significaba repetirla mecánicamente.
Trabajaron juntos en grabaciones consideradas decisivas para la evolución del género, entre ellas Homenaje a Don Antonio Chacón y Despegando. El primero obtuvo el Premio Nacional de Discografía en 1975 y confirmó que era posible rendir tributo a los maestros desde una sensibilidad contemporánea.
Aquella relación artística ayuda a comprender la verdadera modernidad de Pepe Habichuela.
No necesitaba romper con el pasado para demostrar que era innovador. Su evolución nacía del conocimiento profundo de los códigos flamencos. Sabía de dónde procedía cada compás y, precisamente por eso, podía llevarlo a otros territorios sin que perdiera autenticidad.
Su guitarra dialogó con músicos internacionales como Don Cherry, Max Roach y Dave Holland. También exploró conexiones con la música india, demostrando que las conversaciones entre culturas podían enriquecer el flamenco sin disolver su identidad.
En una época en la que todavía existía una fuerte resistencia frente a cualquier mezcla, aquella actitud fue especialmente valiosa. Pepe no planteaba la apertura como una moda comercial. La entendía como una extensión natural de una música que siempre había crecido mediante encuentros, viajes y transformaciones.
Japón y la capacidad universal de un lenguaje aparentemente local
Pepe Habichuela fue uno de los pioneros en llevar el flamenco a Japón. Visitó el país en 1967 junto a Amparo, entonces bailaora, y quedó impresionado por la manera en que el público japonés estudiaba y reproducía este arte.
En su aparición en Plano general, emitida por RTVE en enero de 2025, habló de aquella experiencia y de la enorme capacidad de los japoneses para comprender el baile y el toque. El programa fue grabado en el Corral de la Morería y mostró a un artista que parecía expresarse con mayor comodidad mediante las cuerdas que a través de discursos extensos.
Ese viaje posee un valor simbólico.
Un joven guitarrista nacido en Granada llevó a miles de kilómetros una música asociada al Sacromonte, a las reuniones familiares y a los tablaos españoles. Décadas después, el flamenco cuenta con escuelas, intérpretes y públicos consolidados en Japón.
La universalidad no significó para Pepe abandonar sus orígenes. Cuanto más lejos viajaba la guitarra, más visible se hacía la profundidad de la cultura de la que procedía.

El hombre que prefería hablar con las manos
En su última gran entrevista televisiva, Pepe reconoció que deseaba ser recordado como el guitarrista que había acompañado a los grandes. Su aspiración no parecía centrarse en ocupar el primer plano, sino en haber estado a la altura de artistas como Camarón, Morente, Carmen Amaya y Antonio Gades.
Esa modestia no debe confundirse con falta de ambición artística.
Acompañar bien es una forma de liderazgo musical. Exige dominar el instrumento y, al mismo tiempo, saber colocarlo al servicio de una obra colectiva. Pepe entendía el flamenco como conversación, no como competición.
RTVE describió cómo en aquella entrevista expresó con su guitarra el dolor, la alegría, el desamor y la paz. Esa escena resume una idea repetida a lo largo de su vida: había emociones para las que las palabras resultaban insuficientes.
Lolita también centró su despedida en las manos del artista. No habló de una pose, una campaña o una imagen pública. Habló de aquellas manos únicas que dejaban como herencia todo un lenguaje.
En una industria cada vez más marcada por la exposición, Pepe representaba una forma distinta de autoridad. No necesitaba explicar continuamente quién era. Bastaba con escucharlo tocar.
Tradición e innovación no eran enemigos
Con frecuencia, el debate cultural presenta la tradición y la modernidad como dos fuerzas enfrentadas. Unos consideran que cualquier cambio traiciona la esencia; otros creen que respetar las formas antiguas impide evolucionar.
La carrera de Pepe Habichuela demostró que esa oposición puede ser falsa.
Conservó el compás, el conocimiento familiar y la memoria del flamenco clásico, pero trabajó con artistas dispuestos a experimentar. Grabó obras propias como A Mandeli, Habichuela en rama y Yerbagüena, participó en proyectos intergeneracionales y ayudó a preparar el terreno para la renovación representada posteriormente por Ketama.
Desde nuestra perspectiva, ahí se encuentra una de sus aportaciones más importantes. No modernizó el flamenco apartándose de él, sino profundizando en sus posibilidades.
La diferencia es esencial.
Una innovación superficial utiliza la tradición como decoración. La innovación de Pepe partía de conocerla hasta el punto de poder hacerla conversar con otros mundos.

Una vida reconocida también por las instituciones
La dimensión de su trayectoria fue reconocida con numerosas distinciones. En 2018 recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, concedida a quienes han realizado una aportación destacada a la creación, difusión o protección de la cultura. La resolución oficial recordó su pertenencia a la dinastía Habichuela, sus colaboraciones con algunos de los nombres fundamentales del flamenco y su papel dentro de una etapa histórica del género.
En febrero de 2026 se le concedió la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio. El reconocimiento quedó recogido en el Boletín Oficial del Estado mediante el Real Decreto 138/2026.
También recibió el Premio de Cultura Gitana en la categoría de Música. El Instituto de Cultura Gitana lo ha incluido entre las personalidades cuya obra contribuyó a dignificar y proyectar el legado gitano como parte esencial del patrimonio cultural español.
Estos reconocimientos fueron importantes, aunque llegaron después de que la comunidad flamenca llevara décadas sabiendo quién era.
Los premios institucionales colocan un nombre en la historia oficial. Pero su verdadera legitimidad ya estaba en los artistas que querían compartir escenario con él, en los jóvenes que estudiaban su toque y en los familiares que continuaron el camino.
Una pérdida que ha unido a distintas generaciones
La muerte de Pepe Habichuela provocó reacciones procedentes de ámbitos muy diferentes.
Alejandro Sanz evocó el luto del flamenco y pidió que las cuerdas graves de las guitarras resonaran en toda Granada. Rosalía recuperó un recuerdo personal relacionado con el apoyo que había recibido del maestro. Gonzalo Hermida habló de la experiencia de trabajar junto a él en un estudio.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, señaló que su guitarra se había apagado físicamente, aunque su música continuaría sonando allí donde el flamenco ayudara a explicar la identidad colectiva. Otros representantes institucionales y culturales destacaron igualmente su contribución al patrimonio español.
La diversidad de esas despedidas confirma la amplitud de su influencia.
Lo lloraron quienes compartieron con él los tablaos antiguos, quienes crecieron escuchando a Ketama y quienes pertenecen a generaciones jóvenes que conocieron el flamenco después de su transformación.
La familia como continuidad, no como copia
Pepe deja una familia estrechamente vinculada a la música, pero su legado no debería entenderse como una obligación de imitarlo.
Josemi y Antonio Carmona desarrollaron una identidad propia con Ketama. Las siguientes generaciones han continuado explorando caminos diferentes. Esa capacidad de evolucionar es, probablemente, una de las formas más fieles de conservar la enseñanza del patriarca.
Las grandes familias artísticas no sobreviven repitiendo exactamente al fundador. Sobreviven transmitiendo una sensibilidad, una ética de trabajo y una relación profunda con el oficio.
Pepe Habichuela dejó técnica, repertorio y grabaciones. Pero también dejó una manera de escuchar.
Y en el flamenco, saber escuchar puede ser tan importante como saber tocar.
Nuestra valoración editorial
Lolita Flores escribió que no habrá otro como Pepe Habichuela. La frase expresa el dolor de quien pierde a un amigo irrepetible, pero también contiene una verdad artística.
No habrá otro porque los maestros auténticos no se reproducen. Pueden formar discípulos, crear escuelas y transmitir conocimientos, pero cada uno desarrolla una voz determinada por su época, su familia y sus experiencias.
El reto ahora consiste en evitar que el homenaje se limite a unos días de mensajes emotivos. Recordar a Pepe exige escuchar sus discos, enseñar su obra, explicar a las nuevas generaciones por qué fue importante y reconocer el papel central de la cultura gitana en la construcción del flamenco y de la identidad musical española.
También exige proteger los espacios donde todavía puede surgir una trayectoria como la suya: los tablaos, las familias artísticas, las escuelas y los encuentros en los que una persona joven aprende observando a sus mayores.
Pepe Habichuela llevó la tradición a Japón, dialogó con el jazz, acompañó a los grandes cantaores y vio cómo su familia transformaba el flamenco contemporáneo. Lo hizo sin perder el vínculo con Granada ni la humildad del acompañante que sabe que una nota bien colocada puede decir más que una exhibición interminable.
Su guitarra ya no volverá a sonar en directo. Sin embargo, las cuerdas que ayudó a tensar continúan vibrando en muchos otros instrumentos.
La pregunta que queda para los lectores no es únicamente cómo debemos despedirlo: ¿sabrá la industria musical proteger la memoria y los espacios que hicieron posible a maestros como Pepe Habichuela, o esperará a perderlos para reconocer el valor que tuvieron mientras estaban vivos?