Algo no encaja en el relato de Trump. De Castro rompe el discurso triunfalista y lanza una advertencia incómoda: el supuesto acuerdo “al 95%” no existe. Detrás de los anuncios optimistas se esconden puntos clave sin cerrar, presiones ocultas y una negociación mucho más frágil de lo que se quiere vender. ¿Por qué Trump habla de paz cuando aún quedan tantos frentes abiertos? 👉 Entra y descubre qué se está ocultando realmente tras las cifras.

El escenario internacional atraviesa uno de sus momentos más complejos desde el final de la Guerra Fría.

La reciente reunión entre Volodímir Zelenski y Donald Trump ha reabierto debates que muchos creían estancados.

Aunque desde el entorno de Trump se habló de un acuerdo “cerrado al 95%”, la falta de detalles concretos ha despertado más dudas que certezas.

Los porcentajes, como señalaba el propio Trump, no sirven para medir conflictos de esta magnitud.

En geopolítica, un solo punto de bloqueo puede hacer saltar por los aires cualquier negociación.

Y en el caso de Ucrania, ese punto de bloqueo sigue siendo el Donbás.

El Donbás no es solo una región en disputa.

Es el núcleo simbólico, militar y estratégico de todo el conflicto.

Ni la reunión reciente ni los encuentros anteriores han logrado abordar este asunto de manera efectiva.

Por eso, el optimismo resulta difícil de justificar.

La impresión general es que las conversaciones avanzan más en forma que en fondo.

Trump parece estar ganando tiempo.

Tiempo frente a Zelenski.

Tiempo frente a los europeos.

Tiempo para mantener una imagen de mediador sin modificar los acuerdos ya alcanzados con Moscú.

Los llamados “28 puntos” pactados entre Estados Unidos y Rusia siguen siendo el verdadero marco de referencia.

Y en ese marco, Trump no parece dispuesto a moverse ni un milímetro.

No porque no quiera.

Sino porque Putin tampoco lo hará.

La reunión de Alaska marcó un antes y un después en esta dinámica.

Desde entonces, Washington y Moscú juegan una partida paralela al margen de Europa.

Europa, mientras tanto, asiste como espectadora incómoda.

Presente en las fotos, pero ausente en las decisiones.

Zelenski, por su parte, se encuentra en una posición cada vez más debilitada.

Cuestionado dentro de su propio país.

Rodeado de acusaciones de corrupción.

Con una legitimidad política que depende de elecciones aún no convocadas.

Su presencia en Mar-a-Lago puede resultar simbólicamente relevante.

Pero no altera su peso real en la negociación.

El reconocimiento personal no equivale a capacidad de decisión.

Y Zelenski lo sabe.

Los líderes europeos también lo saben.

Por eso el pesimismo se extiende entre los analistas.

El Donbás sigue siendo una línea roja infranqueable para Moscú.

Y lo será hasta el final.

Rusia no cederá ese territorio.

No porque no quiera negociar.

Sino porque ya lo considera prácticamente integrado.

Queda muy poco territorio por consolidar.

Cuestión de meses, no de años.

Desde esta perspectiva, cualquier acuerdo que ignore este hecho está condenado al fracaso.

El debate sobre las garantías de seguridad para Ucrania se plantea de manera incompleta.

Se habla de la seguridad de Kiev.

Pero se ignora sistemáticamente la seguridad de Rusia.

Y ese ha sido uno de los errores estructurales del enfoque occidental.

Rusia no entró en Ucrania solo por ambición territorial.

Lo hizo tras décadas de expansión de la OTAN hacia sus fronteras.

Lo hizo tras el Maidán.

Tras los acuerdos de Minsk incumplidos.

Tras una presión que Moscú considera existencial.

Si se quiere un acuerdo real, hay que hablar de seguridad para ambos lados.

No solo de Ucrania.

También de la Federación Rusa.

Cualquier otra fórmula es inviable.

La paz no puede construirse ignorando a una potencia nuclear.

Por eso el alto el fuego ya no está sobre la mesa.

Se habla de paz o de prolongación indefinida del conflicto.

Europa, en este contexto, parece haber optado por alargar la guerra.

No por convicción moral.

Sino por cálculo político.

Los líderes europeos actuales están profundamente desorientados.

Atrapados en una lógica belicista que responde más a dinámicas internas que a realidades estratégicas.

Confían en que el desgaste debilite a Trump.

Confían en unas elecciones estadounidenses que cambien el tablero.

Mientras tanto, aceptan el coste humano de la guerra.

Una apuesta extremadamente peligrosa.

Trump, por su parte, no oculta su desprecio hacia las élites europeas actuales.

Lo dejó claro en Múnich.

Y lo reafirma con cada gesto.

Para Washington y Moscú, Europa no cuenta en esta negociación.

No es un actor relevante.

Es un actor residual.

La Unión Europea está fuera del juego.

Y lo sabe.

Su estrategia pasa ahora por rearmarse.

Por endeudarse masivamente.

Por aceptar préstamos que hipotecan el futuro económico del continente.

Hablar de 90.000 millones de euros en este contexto es una locura.

Un golpe directo al bienestar social europeo.

Sanidad.

Educación.

Pensiones.

Todo está en riesgo.

El multiplicador económico es devastador.

Una pérdida de hasta el 1% del PIB en los próximos años.

Para una Europa estancada, eso es un desastre.

Pese a todo, Bruselas sigue adelante.

Sin respaldo ciudadano real.

Sin un debate democrático profundo.

Trump, mientras tanto, permite una derrota “honrosa”.

Una derrota maquillada.

Una derrota progresiva de Ucrania y Europa.

Pero una derrota al fin y al cabo.

Cuanto más se alargue la diplomacia, más terreno avanzará Rusia.

Odesa aparece ya en los análisis estratégicos.

Otras regiones también.

Europa debería reaccionar.

Flexibilizar su posición.

Aceptar la realidad.

Pero no lo hace.

El tabú de los activos rusos congelados ha sido otro gran obstáculo.

Durante meses se presentó como una solución.

Pero jurídicamente es inviable.

El derecho internacional lo impide.

El Banco Central Europeo lo rechaza.

Hungría lo veta.

Otros países también.

Finalmente, Bruselas ha optado por un préstamo como salida lateral.

Un préstamo que sustituye, en la práctica, el uso de esos activos.

Pero que no resuelve el problema.

Lo agrava.

Ese préstamo, si no se devuelve, hundiría la economía europea.

La ciudadanía debería reaccionar.

Debería decir no.

Porque el coste será colectivo.

Mientras tanto, otro foco de tensión emerge en Oriente Medio.

La visita de Netanyahu a Florida no es casual.

Ni protocolaria.

Es personal.

Es estratégica.

El tema del posible indulto planea sobre la reunión.

Un gesto que supondría una bofetada a la justicia.

Pero que encaja en una tendencia global preocupante.

Los poderosos no pagan.

Se indultan.

Se protegen.

El otro gran asunto es Irán.

El miedo israelí al rearme iraní es real.

Y Netanyahu buscará presionar a Trump.

Incluso para una acción militar preventiva.

El riesgo de escalada es enorme.

Irán también se rearma.

Y respondería.

Gaza, por su parte, sigue bloqueada.

Israel no tiene prisa.

Jamás no desaparecerá sin resistencia.

La paz está lejos.

La segunda fase del plan parece estancada.

La liberación de rehenes fue un avance.

Pero no suficiente.

Finalmente, el reconocimiento de Somalilandia añade más tensión.

Israel busca aliados regionales.

Dividir para vencer.

Pero los estados no nacen por ocurrencias.

El Consejo de Seguridad debatirá.

Habrá vetos.

No habrá reconocimiento internacional amplio.

Trump cuestiona incluso el papel de la ONU.

Habla de sustituirla.

El orden internacional se tambalea.

Las reglas se diluyen.

Los liderazgos improvisan.

Y los ciudadanos pagan el precio.

Estamos ante un mundo en transición.

Más inestable.

Más peligroso.

Donde la fuerza vuelve a imponerse al derecho.

Y donde la paz parece cada vez más lejana.

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