Un movimiento inesperado ha vuelto a encender todas las alarmas en el ámbito judicial español.
Cuando muchos daban el caso por definitivamente cerrado, la Fiscalía ha irrumpido con una maniobra que nadie anticipaba.
La solicitud elevada al Tribunal Supremo para anular la condena contra García Ortiz ha generado un terremoto institucional.
No solo por su contenido, sino por el momento elegido y por las implicaciones que arrastra.

El gesto ha provocado sorpresa, indignación y una profunda división de opiniones dentro y fuera de la judicatura.
Para algunos, se trata de una corrección legal necesaria.
Para otros, es una señal preocupante de protección institucional.
Lo cierto es que nada en este episodio es tan simple como parece a primera vista.
El caso de García Ortiz había quedado aparentemente zanjado tras una condena firme.
Durante meses, el relato público apuntaba a un cierre definitivo del proceso.
Sin embargo, la intervención de la Fiscalía ha reabierto una herida que muchos creían cicatrizada.
El anuncio de la petición al Supremo ha descolocado incluso a expertos jurídicos curtidos en giros procesales.
No es habitual que el Ministerio Fiscal actúe de este modo cuando una causa parece agotada.
Menos aún cuando la figura implicada ocupa una posición tan sensible dentro del sistema.
García Ortiz no es un nombre cualquiera dentro del entramado institucional.
Su trayectoria, su cargo y su peso simbólico convierten el caso en algo más que un expediente judicial.
Por eso, la decisión de la Fiscalía no puede analizarse solo desde un punto de vista técnico.
El contexto político e institucional resulta clave para entender el alcance real de este movimiento.
Desde el primer momento, la petición ha levantado sospechas entre magistrados y asociaciones judiciales.
Algunos consideran que se está enviando un mensaje peligroso.
Un mensaje que podría interpretarse como una excepción aplicada a determinadas figuras.
La igualdad ante la ley es uno de los pilares del Estado de derecho.
Cualquier acción que ponga en duda ese principio genera desconfianza inmediata.
En este caso, la desconfianza no ha tardado en manifestarse.
Diversas voces dentro de la judicatura han expresado su malestar de forma pública y privada.
Se cuestiona no solo el fondo de la petición, sino también su oportunidad.
¿Por qué ahora y no antes?
¿Qué ha cambiado para que la Fiscalía actúe de esta manera?
Estas preguntas flotan en el ambiente judicial sin respuestas claras.
Desde la Fiscalía se insiste en que la solicitud responde exclusivamente a criterios legales.
Se habla de posibles irregularidades procesales detectadas con posterioridad.
También se alude a la necesidad de garantizar derechos fundamentales.
Según esta versión, no hay motivaciones políticas ni intereses ocultos.
Sin embargo, esta explicación no convence a todos.
El escepticismo crece cuando se analiza el historial de decisiones similares.
No son pocos los que recuerdan otros casos en los que la Fiscalía no mostró el mismo celo.
Esta comparación alimenta la percepción de trato diferenciado.
Una percepción que resulta extremadamente dañina para la credibilidad institucional.
El Tribunal Supremo se encuentra ahora en el centro del foco mediático y político.
La decisión que adopte marcará un precedente relevante.
No solo para el caso concreto de García Ortiz.
También para la relación entre Fiscalía, judicatura y poder político.
El alto tribunal deberá analizar si existen fundamentos jurídicos sólidos para anular la condena.
Pero también será consciente del impacto simbólico de su resolución.
Cualquier fallo será interpretado en clave política.
Y eso añade presión a un proceso ya de por sí delicado.
El debate que se ha reabierto va más allá de una sentencia concreta.
Plantea preguntas incómodas sobre la autonomía real de las instituciones.
Y sobre los límites entre corrección legal y protección corporativa.
¿Hasta qué punto el sistema se protege a sí mismo?
¿Dónde termina la defensa de la legalidad y comienza el blindaje institucional?
Estas cuestiones no son nuevas, pero este caso las ha vuelto a poner sobre la mesa con fuerza.
La ciudadanía observa el proceso con creciente desconfianza.
La percepción de que existen dos varas de medir es especialmente corrosiva.
Cuando la justicia parece selectiva, la confianza pública se erosiona rápidamente.
Y sin confianza, el sistema pierde legitimidad.
Algunos analistas advierten de que este episodio puede tener efectos duraderos.
No solo en la imagen de la Fiscalía.
También en la percepción del propio Tribunal Supremo.
La independencia judicial no solo debe ejercerse, sino también parecerlo.
En un contexto de polarización política, cualquier sombra de duda se amplifica.
Los partidos políticos ya han comenzado a posicionarse.
Desde la oposición se habla abiertamente de escándalo.
Se acusa al Gobierno de influir indirectamente en el Ministerio Fiscal.
Desde el Ejecutivo se rechazan estas acusaciones de forma tajante.
Se insiste en la autonomía de la Fiscalía y en el respeto a los procedimientos.
Pero el daño mediático ya está hecho.
El debate ha saltado de los tribunales a la arena política.
Y cuando esto ocurre, resulta difícil devolverlo al plano estrictamente jurídico.
Las asociaciones judiciales reclaman explicaciones claras.
Piden transparencia y criterios objetivos.
Exigen que se explique por qué este caso merece una revisión extraordinaria.
También reclaman garantías de que no se sentará un precedente peligroso.
El temor es que se abra la puerta a futuras revisiones selectivas.
Eso podría convertir la excepcionalidad en norma.
Y eso sería devastador para el sistema judicial.
El caso García Ortiz se ha transformado en un símbolo.
Un símbolo de las tensiones entre poder, justicia y percepción pública.
Más allá de la resolución final, ya ha dejado huella.
Ha reactivado un debate que muchos preferían evitar.
Un debate sobre los límites del poder institucional.
Y sobre la verdadera independencia de quienes deben velar por la legalidad.
En las próximas semanas, todas las miradas estarán puestas en el Supremo.
Cada paso será analizado al detalle.
Cada decisión será interpretada políticamente.
El margen de error es mínimo.
La Justicia se enfrenta a una prueba de credibilidad.
Una prueba que no afecta solo a un nombre propio.
Sino al conjunto del sistema.
Porque cuando la Justicia duda, la democracia se resiente.
Y porque movimientos como este, inesperados y polémicos, dejan una pregunta en el aire.
¿Estamos ante una corrección necesaria o ante una protección que nadie se atreve a admitir?
La respuesta, sea cual sea, marcará un antes y un después.