Mariló Montero ESTALLA contra María Jesús Montero por su rabieta en el funeral de Adamuz.

El viernes amaneció con un silencio extraño en la parrilla televisiva. No era un día cualquiera. Desde primera hora, las cadenas generalistas modificaron su programación habitual para centrarse casi de manera monográfica en el funeral en memoria de las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz.
Las tertulias matinales, los programas informativos y los espacios de debate giraron alrededor de un mismo eje: el duelo, la presencia institucional… y, sobre todo, las ausencias y los gestos que han terminado convirtiéndose en munición política.
Lo que debía ser una jornada de recogimiento y respeto acabó transformándose, una vez más, en un espejo incómodo de la polarización que atraviesa la vida pública española.
Y fue precisamente en Espejo Público donde el debate alcanzó uno de sus momentos más tensos, con un choque frontal entre distintas formas de entender qué significa estar a la altura cuando el país llora.
Desde el inicio del programa, el foco estuvo puesto en la polémica surgida tras las declaraciones de la vicepresidenta primera y ministra de Hacienda, María Jesús Montero, sobre el comportamiento del presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, durante el acto.
Montero había cuestionado que Moreno saludara a las familias junto a los Reyes, insinuando que ese gesto había roto un acuerdo previo para mantener a las autoridades en un segundo plano y evitar imágenes incómodas en un momento de profundo dolor.
Ese comentario, lanzado en un contexto ya extremadamente sensible, encendió una tormenta mediática inmediata.
Las redes sociales se llenaron de interpretaciones, reproches y lecturas interesadas. Y en el plató de Espejo Público, Susanna Griso abrió el debate consciente de que estaba pisando un terreno delicado, pero inevitable.
La primera en intervenir fue Isabel Rábago, que salió en defensa del presidente andaluz con un discurso que conectó con una parte importante de la audiencia.
Según explicó, Juanma Moreno no actuó por cálculo político ni por afán de protagonismo, sino porque fueron las propias familias quienes quisieron saludarle.
“Las víctimas querían saludar a Juanma Moreno”, insistió Rábago, subrayando que el presidente se limitó a corresponder, a escuchar y a marcharse después, sin discursos ni alardes.
Para la colaboradora, reducir ese gesto a una maniobra política era injusto y deshumanizador.
No se trataba, dijo, de una foto ni de una estrategia, sino de una petición directa de personas rotas por el dolor que querían sentirse acompañadas por quien gobierna su tierra.
En su intervención, Rábago defendió que la política, en ocasiones, debería apartarse de los manuales y atender a lo que dicta el sentido común y la empatía.
Sin embargo, la intervención que marcó un antes y un después en el debate fue la de Mariló Montero. La tertuliana no ocultó su indignación y cargó con dureza contra María Jesús Montero, cuestionando tanto el fondo como la forma de sus declaraciones.
A su juicio, la vicepresidenta había mostrado una falta de sensibilidad impropia de alguien que ocupa un cargo tan relevante, priorizando la batalla política incluso en un contexto de duelo colectivo.
“Lo único que está cosechando es una siembra de odio en Andalucía”, llegó a decir, en una frase que resonó con fuerza en el plató.
Para Mariló Montero, el problema no era solo el reproche a Juanma Moreno, sino el mensaje que se lanzaba a la ciudadanía: la idea de que cualquier gesto puede ser utilizado como arma arrojadiza, incluso cuando se trata de acompañar a las víctimas.
La tertuliana fue más allá y puso el foco en la propia actuación de la vicepresidenta durante el funeral.
Criticó su entrada por una puerta trasera, escoltada por varios ministros, y cuestionó la coherencia de pedir discreción mientras se desplegaba un dispositivo que, a su juicio, llamaba más la atención que el gesto que se estaba censurando. “Resulta muy llamativo”, apuntó, insinuando que había una doble vara de medir.
En ese punto, lanzó una pregunta que quedó flotando en el aire y que conectó directamente con el sentir de muchos espectadores: ¿dónde estaban las responsabilidades políticas? Mariló Montero mencionó explícitamente a Óscar Puente, ministro de Transportes, y al propio Pedro Sánchez, como máximos responsables del área, preguntándose por qué el foco se desviaba hacia un saludo mientras el debate de fondo quedaba relegado.
Según explicó, María Jesús Montero habría pedido máxima cautela para evitar imágenes incómodas y protegerse, incluso, de posibles acusaciones graves.
La tertuliana interpretó esa actitud como una preocupación excesiva por la imagen personal y política, por encima del acompañamiento sincero a las familias. “Eso demuestra un interés mayor por la imagen que por las víctimas”, sentenció.
El contraste entre ambas figuras públicas quedó servido. Mientras Juanma Moreno era presentado como alguien que respondió a una petición humana y directa, María Jesús Montero aparecía, en ese relato, como una dirigente más pendiente de controlar el relato que de compartir el dolor. Un encuadre que, sin duda, ha calado en una parte de la opinión pública andaluza.
El debate no terminó ahí. La conversación derivó hacia una cuestión más amplia: quién y cómo debe representar al Gobierno central en actos de duelo.
¿Debe primar el protocolo o la cercanía? ¿Es posible encontrar un equilibrio entre institucionalidad y humanidad sin que todo se interprete en clave partidista?
Lo ocurrido ha reabierto una herida latente en la política española: la dificultad de separar el respeto a las víctimas del ruido permanente de la confrontación.
Cada gesto se analiza, cada ausencia se amplifica y cada palabra se convierte en munición. En ese contexto, la ciudadanía asiste, muchas veces con hastío, a debates que parecen olvidar el motivo original: honrar a quienes ya no están y acompañar a quienes sufren.
La intervención de Espejo Público terminó dejando a María Jesús Montero en una posición incómoda ante parte de la opinión pública andaluza.
No tanto por una cuestión ideológica, sino por la percepción de que el tono y el momento no fueron los adecuados. Y en política, especialmente en momentos de tragedia, el cómo suele pesar tanto o más que el qué.
Este episodio demuestra, una vez más, que el duelo colectivo exige una altura especial. No basta con estar presente; importa cómo se está, qué se dice y qué se evita decir.
Porque cuando el dolor es real, cualquier gesto fuera de lugar puede convertirse en una grieta difícil de cerrar.
La pregunta que queda en el aire es si esta polémica servirá para una reflexión profunda o si, como tantas otras veces, quedará diluida en el siguiente titular.
Mientras tanto, las familias de Adamuz siguen llorando a sus muertos, ajenas —o quizá demasiado conscientes— de que su tragedia se ha convertido, de nuevo, en un campo de batalla político.
Tal vez ahí resida la verdadera lección de estos días: que el respeto no se mide solo en silencios o protocolos, sino en la capacidad de renunciar al protagonismo cuando lo único que importa es el dolor ajeno.
Y que, en un país exhausto de confrontación, cada gesto cuenta más de lo que muchos parecen dispuestos a admitir.