Un silencio. Una mirada. Y una sola frase lo destrozó todo. Rufián escuchó la última propuesta del gobierno sin interrumpir, sin ningún gesto dramático. Apenas unos segundos de tensión… luego pronunció una declaración seca, desagradable, casi profética. A partir de ese momento, el debate dejó de ser técnico para convertirse en una prueba moral. Ya no se discutían cifras ni detalles legales; la atención se centró en algo mucho más profundo: quién ganaba, quién perdía y qué se sacrificaba para imponer una narrativa.

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