Un silencio que pesó más que mil discursos. En pleno hemiciclo, Feijóo bajó la cabeza cuando Rufián le recordó las sombras de Génova y los pecados nunca saldados del PP. No hubo réplica, ni negación, ni indignación impostada. Solo segundos eternos que helaron la sala. ¿Cálculo frío o miedo a abrir una herida que sigue supurando? En política, a veces, callar es confesar.

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