El Gran Wyoming oye el lapsus garrafal de Feijóo y le deja en ridículo con un dardo que resuena en ‘El Intermedio’.
El Gran Wyoming se ha mofado desde ‘El Intermedio’ de la última metedura de pata de Alberto Núñez Feijóo durante un acto en Huesca.

A veces la política no se quiebra por una gran crisis ni por una revelación demoledora, sino por un detalle aparentemente menor, una palabra mal dicha, un gesto fuera de lugar o un silencio demasiado calculado.
Es en esos instantes, casi anecdóticos, donde se desnuda algo más profundo. Y eso fue exactamente lo que ocurrió esta semana, cuando un error repetido, casi infantil, de Alberto Núñez Feijóo durante una visita a una empresa en Huesca se convirtió en munición perfecta para la ironía afilada de El Gran Wyoming en El Intermedio. Un momento breve, sí, pero cargado de simbolismo, contexto político y una lectura mucho más amplia de lo que parece a simple vista.
El programa de La Sexta arrancó poniendo el foco en las últimas declaraciones del líder del Partido Popular sobre asuntos de máxima actualidad.
Entre ellos, el ruido generado por el enfrentamiento dialéctico entre Elon Musk y Pedro Sánchez. Sin embargo, lejos de quedarse en ese terreno, Wyoming decidió girar el volante hacia un episodio que, aunque menor en apariencia, terminó siendo mucho más revelador: la incapacidad de Feijóo para pronunciar correctamente el nombre de la empresa que visitaba, una compañía cárnica en Binéfar.
La escena, vista sin contexto, podría parecer simplemente una anécdota simpática. Un político que se equivoca al decir un nombre. Nada nuevo.
Pero cuando ese error se repite hasta cinco veces, cuando ocurre en un acto público cuidadosamente preparado, y cuando se suma a una estrategia deliberada de evitar pronunciarse sobre debates incómodos, el detalle deja de ser trivial y empieza a contar una historia más grande.
“No estoy centrado en mediar debates sobre Marte, a mí solo me preocupa Binéfar, Huesca y Teruel”. Con esa frase, Feijóo esquivó cualquier valoración sobre los ataques de Elon Musk al presidente del Gobierno.
Una respuesta que, lejos de transmitir cercanía territorial, sonó para muchos como una evasiva elegante. El Gran Wyoming no tardó ni un segundo en subrayarlo con sarcasmo.
El presentador recordó, con su habitual tono mordaz, que no se trataba de un debate menor. No era una discusión sobre ciencia ficción ni sobre un empresario excéntrico sin poder real.
Musk controla una red social global, tiene influencia directa en sistemas de satélites utilizados en Europa, es un aliado estratégico de Donald Trump y ha intervenido de forma explícita en procesos electorales recientes, apoyando a opciones de extrema derecha en países como Alemania. Pero, según Feijóo, como Musk no había pasado por esa carnicería de Huesca, el tema no merecía comentario.
Ahí es donde Wyoming apretó el acelerador del humor político. Porque si algo caracteriza a El Intermedio es su capacidad para usar la risa como bisturí. Y el bisturí estaba bien afilado.
El momento culminante llegó cuando el programa recuperó el clip de la visita de Feijóo a la empresa. Una empresa con un nombre sencillo, visible, escrito incluso detrás del político durante el acto. Fibrin.
Un nombre claro. Sin juegos fonéticos. Sin trampas lingüísticas. Y aun así, Feijóo lo convirtió en “Brifín”. No una vez. No dos. Hasta cinco veces.
“Brifín es todo un símbolo de todo lo que se puede hacer en el ámbito rural, un símbolo de la competitividad”, decía el líder del PP con absoluta seguridad. Seguridad suficiente como para no darse cuenta del error ni corregirse. Y eso, para Wyoming, fue oro puro.
“Qué cabrones, es que se lo han escrito detrás…”, bromeó el presentador entre las carcajadas del público.
Un comentario que, más allá del chiste, apuntaba a algo inquietante: incluso con el nombre visible, incluso con todo preparado, algo no encajaba.
Wyoming fue más allá. Se imaginó, con ironía cruel pero certera, a los trabajadores de la empresa viendo la escena.
“Oye, qué buena pinta tiene esa empresa, a ver si habla alguna vez de la nuestra”. Una frase que resume perfectamente el absurdo de la situación y que conecta con una crítica más profunda: la desconexión entre el discurso político y la realidad que dice representar.
Porque no se trata solo de pronunciar bien un nombre. Se trata de atención, de respeto, de implicación real. Cuando un líder político visita una empresa, se supone que lo hace para escuchar, para comprender, para representar.
Cuando ni siquiera es capaz de nombrarla correctamente, el mensaje implícito es demoledor.
El programa, lejos de dejar el tema ahí, decidió rematar la faena con otro recuerdo incómodo.
Otro lapsus, otro error verbal de Feijóo en una comparecencia anterior, cuando intentó mencionar Anatomía de un farsante y acabó balbuceando algo parecido a “Anatopoc”.
Wyoming fingió arrepentirse al instante. “¡Mierda! Se lo acabamos de recordar a todo el mundo”. Pero el daño, o más bien la sátira, ya estaba hecho.
El cierre fue tan irónico como incisivo. “La próxima vez que haga campaña en Aragón, deje hablar a Azcón”.
Una frase que, entre risas, encierra una crítica política clara: quizá Feijóo no está siendo el mejor activo comunicativo de su propio partido.
Lo interesante de todo este episodio no es solo el chiste ni el error en sí, sino el contexto que lo rodea. En un momento político en el que se espera liderazgo, claridad y posicionamiento, Feijóo opta por el repliegue territorial como excusa para no entrar en debates incómodos. Y cuando decide centrarse en lo local, falla incluso en lo básico.
El contraste con figuras como Elon Musk y Pedro Sánchez, presentes en la conversación inicial, es brutal. Mientras uno polariza el debate global desde una red social y el otro anuncia medidas de calado que afectan a millones de personas, el líder de la oposición parece atrapado en un discurso que no termina de conectar ni con lo global ni con lo local.
El humor de El Intermedio funciona precisamente porque no exagera. Se limita a mostrar los hechos, a reproducir los vídeos, a añadir una capa de ironía que el propio protagonista facilita.
Y eso es lo que convierte el momento en viral. Porque el espectador no se ríe solo del chiste, sino de la sensación de estar viendo algo que no debería pasar… pero pasa.
En redes sociales, el clip no tardó en circular. Comentarios, memes, comparaciones con otros lapsus históricos de la política española. La escena se convirtió en conversación pública, en símbolo de una forma de hacer política que muchos perciben como distante, torpe o desconectada.
Y ahí está la clave. En una era donde cada gesto se graba, se comparte y se analiza al milímetro, ya no hay errores pequeños. Todo comunica. Todo suma o resta.
Pronunciar mal el nombre de una empresa no es un drama, pero repetirlo cinco veces, hacerlo con el nombre escrito detrás y no darse cuenta, sí dice algo. Dice falta de atención, de cuidado, de presencia real.
El Gran Wyoming no necesitó inventar nada. No necesitó exagerar. Solo poner el espejo delante y dejar que el reflejo hablara por sí solo. Y ese reflejo, para muchos, fue incómodo.
Este tipo de momentos son los que explican por qué programas como El Intermedio siguen teniendo tanta relevancia.
No solo informan, no solo entretienen. Interpretan la realidad política desde un lugar donde el poder se siente observado, cuestionado y, sobre todo, ridiculizado cuando se lo merece.
Al final, la pregunta no es si Feijóo se equivocó al decir “Fibrin”. La pregunta es cuántas veces más podrá equivocarse en lo esencial sin que el electorado lo note.
Porque la política, como el lenguaje, no perdona la falta de precisión. Y cuando esa falta se convierte en costumbre, deja de ser graciosa para convertirse en un problema.
Mientras tanto, el vídeo sigue circulando, las risas siguen sonando y la imagen queda grabada. Porque en la política contemporánea, a veces una palabra mal dicha pesa más que cien discursos perfectamente escritos. Y eso, nos guste o no, también es democracia.