Javier Ruiz y Mañaneros 360 han dado un paso al frente para desmontar el polémico mensaje difundido por Hermann Tertsch sobre una supuesta manipulación de TVE en Ceuta.
Ceuta bajo la niebla de los vídeos falsos: la verificación de RTVE que desmonta una ofensiva contra la realidad
Las falsedades más peligrosas no siempre necesitan una edición sofisticada ni imágenes creadas con inteligencia artificial. A veces basta con recuperar un vídeo auténtico, arrancarlo de su contexto y acompañarlo de una frase diseñada para despertar miedo. La grabación sigue siendo real, pero la historia que se construye alrededor de ella es completamente falsa.
Eso es lo que ha ocurrido durante la crisis migratoria de Ceuta. Mientras la ciudad afrontaba una emergencia real, con miles de personas en las calles, recursos desbordados y una enorme tensión social, las redes comenzaron a llenarse de escenas procedentes de otros países, de acontecimientos ocurridos meses antes y hasta de actos religiosos que nada tenían que ver con Marruecos o España. Algunas publicaciones utilizaron esos materiales para presentar a la población migrante como una amenaza organizada y para acusar a los medios públicos de fabricar imágenes.
Javier Ruiz abordó esta batalla paralela en Mañaneros 360 junto a María Navarro, integrante de VerificaRTVE. El presentador no se limitó a negar las acusaciones: mostró los vídeos, identificó sus verdaderos orígenes y explicó cómo un detalle tan elemental como el logotipo de un micrófono bastaba para deshacer uno de los relatos más difundidos.
Desde nuestra perspectiva editorial, el verdadero asunto no es que un político o una cuenta anónima se equivoque al compartir una grabación. El problema comienza cuando una persona con influencia pública difunde un contenido grave sin comprobarlo, atribuye a una televisión una manipulación inexistente y utiliza la imagen de menores para reforzar una acusación política.
En ese momento, el error deja de ser una anécdota digital. Se convierte en una intervención sobre la realidad.
Una acusación contra TVE desmontada por el propio micrófono
Una de las grabaciones más comentadas mostraba a un equipo de televisión trabajando junto a varios menores migrantes. El vídeo circuló acompañado por mensajes que aseguraban que unos reporteros de TVE habían sido sorprendidos preparando “posados” para justificar la llegada de migrantes a Ceuta.
La acusación era grave. No cuestionaba una elección editorial, un enfoque informativo o una opinión pronunciada en una tertulia. Sostenía que la corporación pública había fabricado una escena y utilizado a menores para engañar a la audiencia.
Sin embargo, el equipo que aparecía en las imágenes no pertenecía a Televisión Española. VerificaRTVE identificó el material como una grabación de profesionales de VRT, la radiotelevisión pública belga. La propia cadena confirmó que sus trabajadores eran quienes aparecían en el vídeo y negó que hubieran escenificado una situación inexistente.
Javier Ruiz resumió el fallo de la acusación señalando que ni siquiera el micrófono correspondía a TVE. La observación podía parecer sencilla, pero mostraba algo importante: quienes difundieron el contenido no habían realizado una comprobación visual básica antes de presentar una acusación de manipulación periodística.
Según la intervención reproducida en el material original, Ruiz atribuyó la difusión del mensaje a Hermann Tertsch, eurodiputado de Vox. No hemos podido localizar en las fuentes abiertas consultadas una copia accesible de la publicación original, por lo que esa autoría debe atribuirse a lo expresado en el programa y no presentarse como una comprobación independiente adicional.
Esta precisión no reduce la importancia del desmentido. Al contrario, muestra cómo debería trabajar cualquier medio responsable: separar lo que está demostrado de aquello que se conoce por una fuente concreta.
Criticar a una televisión pública es legítimo; inventarle una manipulación, no
RTVE puede y debe ser examinada. Su condición de medio público exige transparencia, pluralidad y un nivel especialmente elevado de responsabilidad profesional. Los partidos, los periodistas y los ciudadanos tienen derecho a analizar su cobertura, cuestionar sus decisiones y denunciar cualquier incumplimiento que puedan demostrar.
Pero fiscalizar no significa atribuirle prácticas inexistentes.
Cuando se acusa a una televisión de fabricar escenas, la carga de la prueba corresponde a quien realiza la acusación. No basta con publicar un vídeo llamativo y añadir una interpretación ideológica. Es necesario identificar al equipo, comprobar la fecha, localizar la grabación original y contactar con los implicados.
En este caso, el propio elemento visual utilizado como supuesto indicio desmentía la afirmación: la identidad del micrófono no coincidía con la cadena acusada. VerificaRTVE fue más allá y contactó con la televisión belga para conocer qué había ocurrido. La respuesta recibida descartó que los periodistas hubieran organizado una representación falsa.
Desde nuestro punto de vista, esta diferencia marca la frontera entre sospechar y verificar. Una sospecha puede impulsar una investigación. No debería convertirse directamente en un titular definitivo.
El vídeo de los “disturbios en Ceuta” había sido grabado en Toulouse
La acusación contra RTVE no fue el único contenido desmentido. Otro vídeo mostraba a varios jóvenes provocando destrozos en una calle durante la noche. En redes sociales fue presentado como una prueba de que grupos de migrantes estaban causando disturbios en España después de los acontecimientos de Ceuta.
La escena era real, pero no había sido grabada en Ceuta ni estaba relacionada con la crisis migratoria.
VerificaRTVE rastreó los fotogramas mediante herramientas de búsqueda inversa y localizó publicaciones anteriores. Las imágenes correspondían a la calle Alsace-Lorraine de Toulouse, en Francia, durante la noche del 30 al 31 de mayo de 2026. Los incidentes se produjeron después de la victoria del Paris Saint-Germain en la final de la Liga de Campeones, aproximadamente dos meses antes de la entrada masiva en Ceuta.
El vídeo llegó a acumular millones de visualizaciones acompañado de mensajes que relacionaban la destrucción con solicitantes de asilo. La estrategia era eficaz porque la imagen parecía confirmar una idea previamente instalada: jóvenes extranjeros, violencia urbana y autoridades supuestamente incapaces de responder.
Pero ninguna de esas interpretaciones procedía de la grabación. Fueron añadidas por quienes la reutilizaron.
Esta es una de las técnicas más habituales de la desinformación contemporánea. No hace falta falsificar un rostro ni modificar digitalmente un paisaje. Basta con cambiar el lugar, la fecha y la identidad de las personas que aparecen.
El espectador ve algo que sucedió de verdad y baja sus defensas. La mentira se encuentra en el pie del vídeo, no necesariamente dentro de él.
Una multitud en Turquía convertida en una supuesta marcha hacia Ceuta
Otra grabación difundida durante la crisis mostraba a cientos de personas caminando por una colina. Los mensajes que la acompañaban aseguraban que se trataba de migrantes que descendían desde Marruecos para continuar entrando en Ceuta.
El vídeo superó ampliamente el millón de reproducciones y fue utilizado junto a expresiones como “invasión”, diseñadas para generar sensación de amenaza inmediata.
La realidad era completamente distinta.
Las imágenes se habían grabado el 5 de julio en el monte Cudi, situado en Turquía. Las personas participaban en una conmemoración religiosa vinculada al lugar donde, según una tradición local, se habría posado el arca de Noé después del diluvio. El Ayuntamiento de Şırnak había anunciado el evento y organizado autobuses para facilitar la asistencia de los fieles.
En este caso, la falsedad dependía casi por completo del desconocimiento geográfico del espectador. Una colina, un grupo numeroso y una imagen de baja resolución podían situarse en Marruecos, Turquía o cualquier otro territorio si el mensaje se publicaba con suficiente seguridad.
La grabación no mostraba fronteras, uniformes españoles ni referencias reconocibles a Ceuta. Aun así, miles de usuarios la compartieron como si documentara un acontecimiento presente.
El miedo completó aquello que la imagen no demostraba.

Otros vídeos antiguos regresaron para reforzar el mismo relato
La investigación de VerificaRTVE identificó más materiales engañosos. Una grabación de un policía marroquí abriendo una verja fue difundida como si correspondiera a la crisis de 2026, aunque había sido captada durante los acontecimientos de mayo de 2021 en el paso fronterizo de El Tarajal.
También volvió a circular el conocido vídeo en el que Luna Reyes, voluntaria de Cruz Roja, abrazaba a un migrante exhausto. Las imágenes fueron reutilizadas cinco años después para atacar a los trabajadores humanitarios y acompañadas por mensajes abiertamente hostiles contra las mujeres que prestaban ayuda.
Otro vídeo mostraba una estación abarrotada y fue presentado como una terminal española desde la que supuestos migrantes se preparaban para extenderse por Europa. La estación se encontraba realmente en Kenitra, Marruecos. La multitud intentaba desplazarse hacia ciudades del norte marroquí, no viajar desde España hacia otros países europeos.
No eran contenidos aislados. Todos contribuían a una misma narración: una masa coordinada, violenta e imparable avanzaba por España mientras los medios y las instituciones ocultaban la realidad.
El material procedía de lugares y momentos diferentes, pero la repetición permitía fabricar una impresión de continuidad.
Por qué las crisis reales son el terreno perfecto para las imágenes falsas
La desinformación funciona especialmente bien cuando se apoya sobre un acontecimiento verdadero y suficientemente grave.
Ceuta sí atravesó una entrada extraordinaria de personas. Las calles sí vivieron momentos de tensión. Los servicios públicos y las organizaciones sociales sí tuvieron que responder a una situación extrema. Las autoridades españolas y marroquíes ofrecieron cifras que fueron evolucionando a medida que avanzaba la crisis. Reuters documentó además que numerosos desplazamientos estuvieron impulsados o acelerados por vídeos virales y por interpretaciones engañosas de resoluciones judiciales y procesos de regularización.
Ese núcleo de realidad proporciona credibilidad a cualquier contenido añadido.
Cuando el público sabe que existe una crisis, no necesita demasiadas pruebas para creer que un vídeo violento pertenece a ella. La urgencia reduce el tiempo dedicado a comprobar. La indignación aumenta la velocidad del gesto de compartir.
Quien crea el mensaje no necesita convencer desde cero. Solo debe ofrecer una imagen que encaje con aquello que el receptor ya teme.
Por eso, desmentir un bulo no consiste únicamente en mostrar que una fecha es incorrecta. También exige explicar qué emoción intentaba activar y qué interpretación política buscaba imponer.
La criminalización de menores mediante imágenes descontextualizadas
Javier Ruiz y María Navarro pusieron especial atención en el modo en que algunos de estos contenidos criminalizaban a menores y a población migrante.
Este aspecto resulta fundamental. Una imagen falsa no daña únicamente la reputación de un medio. También puede convertir a personas vulnerables en símbolos de una amenaza colectiva.
Los menores que aparecían junto al equipo belga dejaron de ser niños situados en medio de una crisis para convertirse, dentro del relato viral, en supuestos actores de una operación propagandística. No se analizó quiénes eran, qué habían vivido ni por qué se encontraban allí. Su imagen fue utilizada como prueba contra una cadena y contra una política migratoria.
Algo similar ocurrió con los jóvenes de Toulouse. Al ser etiquetados automáticamente como migrantes llegados a España, la grabación permitía extender una acusación colectiva: quienes solicitan ayuda serían responsables de violencia y destrucción.
Desde nuestra lectura editorial, este mecanismo debe preocupar incluso a quienes defienden políticas migratorias muy restrictivas. Una democracia puede debatir sobre fronteras, retornos, recursos y seguridad sin inventar hechos ni asignar delitos a personas que no los cometieron.
La firmeza política no necesita falsedades. Cuando las utiliza, deja de ser firmeza y se convierte en manipulación.
El poder amplificador de un cargo público
No todas las cuentas tienen la misma responsabilidad.
Un usuario anónimo puede compartir una grabación falsa con unos pocos contactos. Un eurodiputado, un dirigente político o un comunicador con cientos de miles de seguidores puede convertirla en una acusación nacional en cuestión de minutos.
El cargo público otorga visibilidad, pero también debería aumentar la obligación de comprobar.
No resulta suficiente eliminar una publicación cuando el daño ya se ha producido. Las capturas permanecen, otros perfiles replican el mensaje y una parte del público nunca llega a ver la rectificación. El desmentido suele viajar más despacio que la acusación original porque contiene matices, explicaciones y fechas, mientras la falsedad puede resumirse en una frase emocional.
El problema tampoco pertenece exclusivamente a una fuerza política. La desinformación puede surgir desde cualquier ideología cuando se antepone la utilidad del contenido a su veracidad.
Sin embargo, en cada caso concreto debe señalarse quién difundió qué, sin refugiarse en generalizaciones. Si un representante público comparte una falsedad, mencionarlo no es persecución partidista. Es rendición de cuentas.
Verificar no es defender automáticamente a una institución
La presencia de VerificaRTVE dentro de la propia corporación podría provocar una duda razonable: ¿puede una televisión comprobar una acusación dirigida contra ella misma?
La respuesta no debe basarse en confianza ciega. Debe depender del método y de las pruebas aportadas.
En este caso, la comprobación puede ser examinada externamente. El micrófono pertenece a VRT; la cadena belga reconoció a su equipo; y afirmó que no había organizado una escena. No se pide a la audiencia que crea simplemente en la palabra de TVE, sino que observe elementos contrastables.
Lo mismo ocurre con Toulouse y Turquía. Las fechas anteriores, la geolocalización, las publicaciones originales y los registros de los acontecimientos permiten reproducir la investigación.
Este es el valor de la verificación abierta: no sustituye una autoridad por otra. Presenta un camino que cualquier lector puede seguir.
Desde nuestra perspectiva, TVE no debería quedar protegida de las críticas por haber desmontado esta acusación. Pero quienes la critiquen deben hacerlo sobre hechos reales. Confundir una televisión belga con la española no demuestra manipulación; demuestra falta de comprobación.
La audiencia también participa en la cadena de responsabilidad
Las plataformas favorecen el impulso. Ver, enfadarse y compartir puede ocurrir en pocos segundos. Comprobar exige detenerse.
No todos los usuarios tienen acceso a herramientas avanzadas de geolocalización, pero muchas verificaciones comienzan con preguntas sencillas: ¿quién publicó primero el vídeo?, ¿aparece una fecha?, ¿el logotipo coincide?, ¿otros medios fiables muestran la misma escena?, ¿la grabación existía antes del acontecimiento?
En el caso del supuesto equipo de TVE, mirar el micrófono ya permitía detectar una anomalía.
La responsabilidad principal corresponde a quienes crean y amplifican deliberadamente contenidos engañosos. Pero el público también puede reducir su alcance negándose a compartir aquello que únicamente confirma sus prejuicios.
La alfabetización mediática no consiste en desconfiar de todo. Consiste en saber qué indicios justifican la confianza.
Nuestra valoración editorial
La intervención de Mañaneros 360 tuvo valor porque devolvió contexto a imágenes que habían sido utilizadas para eliminarlo.
El vídeo del equipo de televisión no mostraba a TVE. Los disturbios no ocurrieron en Ceuta. La multitud de la colina no procedía de Marruecos. Cada desmentido era diferente, pero todos revelaban la misma estrategia: aprovechar una crisis auténtica para introducir pruebas falsas dentro de una narración emocional.
Javier Ruiz utilizó una expresión contundente al calificar el primer bulo de “burdo”. Técnicamente lo era. La acusación podía desmontarse observando un micrófono.
Pero su sencillez no lo hacía inofensivo.
Precisamente los contenidos más básicos pueden circular con enorme rapidez cuando prometen confirmar lo que una parte del público ya desea creer. Una mentira no necesita ser perfecta si llega en el momento adecuado y activa el miedo correcto.
La defensa de una información rigurosa no obliga a minimizar lo sucedido en Ceuta. Se puede reconocer la gravedad de la crisis, exigir responsabilidades al Gobierno, cuestionar la actuación de Marruecos y debatir sobre el control fronterizo sin aceptar vídeos falsamente fechados o grabados en otros países.
De hecho, cuanto más grave es una situación, mayor debería ser el compromiso con los hechos.
La pregunta que dejamos abierta no consiste únicamente en saber quién difundió cada vídeo: cuando un representante político utiliza material falso para reforzar una acusación y el desmentido llega después de que millones de personas hayan visto la mentira, ¿basta con borrar la publicación o debería asumir públicamente la responsabilidad por haber convertido la desinformación en una herramienta política?