Julio Iglesias rompió el silencio… al hablar tras las graves acusaciones contra el cantante, con un mensaje que marcó un antes y un después. ¿Fue una creencia en la verdad o una estrategia defensiva? Sus palabras, cuidadosamente elegidas, generaron debate y dejaron una pregunta sin respuesta: ¿qué sigue sin revelarse exactamente?

Julio Iglesias se pronuncia por primera vez tras las denuncias de agresión sexual y dice que todo se va a aclarar.

 

 

 

En una conversación con la revista ‘¡Hola!’, el cantante confirma que está preparando su defensa y que “la verdad” saldrá a la luz.

 

 

 

El cantante Julio Iglesias, en un concierto en Wembley en 1995.

 

 

Durante décadas, el nombre de Julio Iglesias ha estado asociado a éxito, glamour, millones de discos vendidos y una imagen pública casi blindada.

 

Un artista que parecía intocable, convertido en mito global. Por eso, cuando a comienzos de esta semana estallaron las denuncias por presuntas agresiones sexuales formuladas por dos de sus antiguas empleadas, el impacto fue inmediato, profundo y transversal.

 

No solo sacudió al mundo de la música, sino también al debate social, mediático y judicial.

 

Ahora, por primera vez desde que se hicieron públicas las acusaciones, Julio Iglesias ha decidido pronunciarse.

 

Y lo ha hecho en un formato tan medido como revelador: una conversación exclusiva con la revista ¡Hola!.

 

No fue una rueda de prensa ni un comunicado oficial. Tampoco una aparición pública.

 

Fue una llamada telefónica, breve pero cargada de significado. Según relata la revista, la voz del cantante sonaba “seria, grave, consciente de que es un momento difícil”.

 

Un detalle que no es menor. Porque quienes conocen bien el personaje saben que Julio Iglesias siempre ha controlado los tiempos, las formas y los silencios. Y este silencio inicial, ahora roto, no ha sido casual.

 

 

“No es el momento de hablar, pero ese momento va a llegar muy pronto”. Esa es la frase clave que recoge la publicación.

 

Una frase que funciona a la vez como promesa y como advertencia. El artista asegura que está preparando su defensa y que “todo se va a aclarar”.

 

Insiste en que quiere “llegar al fondo de la cuestión” y que no quede “ninguna duda” sobre lo ocurrido.

 

No niega de forma explícita las acusaciones en esta primera reacción, pero sí deja claro que no piensa quedarse callado para siempre.

 

Mientras tanto, la maquinaria judicial avanza. Y lo hace con una velocidad y una contundencia que contrastan con la cautela del propio Iglesias.

 

La Fiscalía de la Audiencia Nacional ha confirmado que tomará declaración a las dos mujeres que han denunciado al cantante.

 

Y no lo hará de cualquier manera: serán escuchadas en calidad de testigos protegidos.

 

Una decisión que eleva notablemente la gravedad del caso y que envía un mensaje claro sobre la asimetría de poder entre las partes.

 

La confirmación llegó a través del equipo legal de Women’s Link, la organización que acompaña a las denunciantes.

 

En una comparecencia pública, su directora ejecutiva, Giovana Ríos, explicó que el Ministerio Público ha considerado necesario activar medidas específicas para garantizar la seguridad y la integridad de las mujeres.

 

No se trata solo de proteger su identidad, sino de evitar cualquier intento de presión, contacto o disuasión.

 

Y aquí aparece uno de los elementos más delicados del caso: el miedo. Las denunciantes han expresado su temor a que el artista pueda intentar localizarlas o influir en ellas, directa o indirectamente.

 

No por una amenaza concreta, sino por una realidad estructural: “ostenta un poder diametralmente distinto al de las denunciantes”, en palabras de Ríos.

 

Poder económico, mediático, simbólico. Un poder que, históricamente, ha silenciado muchas historias similares.

 

Por eso, las medidas adoptadas no son menores. Incluyen evitar cualquier contacto entre las denunciantes —y sus familias— con el entorno del cantante; garantizar que las declaraciones se realicen en condiciones adecuadas; impedir la revictimización de trabajadoras que aún podrían seguir vinculadas laboralmente al artista; y preservar con extremo cuidado las pruebas aportadas. Pruebas que, según las investigaciones periodísticas, no son pocas ni débiles.

 

 

Porque este caso no nace de un rumor ni de una filtración interesada. Nace de una investigación de más de tres años realizada por periodistas de elDiario.es y Univisión Noticias.

 

Un trabajo que ha cruzado testimonios, documentos, registros y fuentes independientes para construir un relato coherente y contrastado.

 

Las dos mujeres denunciantes trabajaron para Julio Iglesias en 2021, en régimen interno, en sus propiedades de República Dominicana, Bahamas y también en España.

 

Los relatos que describen son duros, explícitos y difíciles de leer. Hablan de penetraciones sin consentimiento, bofetadas, vejaciones, humillaciones constantes y un clima laboral marcado por el miedo y la sumisión.

 

No solo hacia ellas, sino —según aseguran— hacia otras empleadas. Una de las mujeres denuncia incluso que estaban obligadas a someterse a revisiones ginecológicas, pruebas de embarazo y test de enfermedades de transmisión sexual, incluido el VIH.

 

Un control sobre sus cuerpos que va mucho más allá de cualquier relación laboral.

 

La investigación periodística respalda estos testimonios con una batería de pruebas documentales: contratos laborales, fotografías, grabaciones de audio, mensajes de WhatsApp, registros de llamadas y solicitudes de permisos migratorios realizadas por el propio Julio Iglesias ante gobiernos como el de España, Bahamas y República Dominicana. No son elementos aislados. Son piezas que, juntas, configuran un puzle inquietante.

 

 

En este contexto, la reacción del cantante —medida, breve, contenida— adquiere un peso específico.

 

No habla de complots, no ataca a las denunciantes, no descalifica a los medios. Se limita a decir que se está preparando y que la verdad saldrá a la luz.

 

Una estrategia clásica, pero no exenta de riesgos. Porque el silencio prolongado, en una sociedad mucho más consciente del abuso de poder y la violencia sexual, ya no se interpreta igual que hace veinte años.

 

También resulta significativo el canal elegido para pronunciarse. ¡Hola! no es un medio judicial ni de investigación.

 

Es una revista asociada al corazón, a las exclusivas pactadas, a las narrativas amables. Elegir ese espacio no es casual.

 

Es una forma de humanizar el mensaje, de suavizar el impacto, de dirigirse a un público amplio que ha crecido admirando al artista. Pero la pregunta es inevitable: ¿bastará con eso?

 

Mientras tanto, el caso sigue creciendo. Desde Women’s Link se ha confirmado que otras mujeres que trabajaron para el cantante se han puesto en contacto con la organización.

 

No se ha especificado si también fueron víctimas de abusos, precisamente para proteger su intimidad.

 

Pero el simple hecho de que hayan dado el paso indica que el silencio empieza a resquebrajarse. Y cuando eso ocurre, ya no hay vuelta atrás.

 

Este no es solo un caso sobre Julio Iglesias. Es un espejo incómodo de cómo durante años —décadas— se normalizaron comportamientos abusivos cuando quien los ejercía era poderoso, famoso, influyente.

 

Es también una prueba para el sistema judicial, para los medios de comunicación y para la sociedad en su conjunto.

 

¿Seremos capaces de escuchar a las víctimas sin prejuzgar, pero sin mirar hacia otro lado? ¿Seremos capaces de separar la obra del artista sin negar el daño denunciado?

 

La presunción de inocencia sigue siendo un pilar irrenunciable. Nadie lo discute. Pero también lo es el derecho de las víctimas a ser escuchadas, protegidas y tomadas en serio.

 

Y en este equilibrio frágil se mueve ahora el caso. Cada declaración, cada documento, cada paso procesal contará.

 

Julio Iglesias dice que “todo se va a aclarar”. Es una frase que muchos repetirán en los próximos meses. La cuestión es cómo y a qué precio.

 

Porque aclarar no siempre significa limpiar una imagen. A veces significa enfrentar una verdad incómoda, asumir responsabilidades o, al menos, aceptar que el mito tenía grietas.

 

Lo que está en juego no es solo el legado de un artista. Es algo mucho más profundo: la credibilidad de un sistema que durante demasiado tiempo protegió al fuerte y dudó del débil.

 

Hoy, por primera vez, las denunciantes cuentan con protección institucional. Hoy, por primera vez, el silencio ya no es absoluto. Y hoy, por primera vez, Julio Iglesias habla… aunque todavía no lo diga todo.

 

El momento al que alude el cantante llegará. Y cuando llegue, no bastarán las palabras medidas ni las entrevistas controladas.

 

Hablará la justicia, hablarán las pruebas y hablará una sociedad que ya no acepta el “así eran las cosas” como explicación.

 

Hasta entonces, el caso sigue abierto. Y el país observa, escucha y espera.

 

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