RUBÉN SÁNCHEZ REACCIONA CON SOLO TRES PALABRAS A LA DECISIÓN DEL JUEZ PEINADO CONTRA BEGOÑA GÓMEZ Y DEJA UNA FRASE QUE LO RESUME TODO: UN MENSAJE BREVE, UN DARDO DIRECTO Y UNA POLÉMICA JUDICIAL QUE VUELVE A ENCENDERSE.
Rubén Sánchez reacciona con tan solo tres palabras tras la decisión del juez Peinado contra Begoña Gómez.
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El auto de Peinado sobre Begoña Gómez desata una tormenta: pasaporte retirado, riesgo de fuga y una frase que incendia el debate.
El juez Juan Carlos Peinado acuerda la apertura de juicio oral contra Begoña Gómez, esposa de Pedro Sánchez, y le impone medidas cautelares como la retirada del pasaporte. La mención a una posible ayuda policial en una eventual fuga provoca fuertes críticas, entre ellas la de Rubén Sánchez, portavoz de Facua.
La política española vuelve a mirar hacia los juzgados. Y esta vez, el foco no está solo en la apertura de juicio oral contra Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, sino en una parte concreta del razonamiento del juez Juan Carlos Peinado: la posibilidad, recogida en el auto, de que agentes de la Policía Nacional pudieran ayudarla en una eventual salida de España.
La decisión judicial ha caído como una piedra en el agua. Primero, por su alcance procesal: el magistrado acuerda enviar a juicio a Begoña Gómez por presuntos delitos relacionados con tráfico de influencias, corrupción en los negocios, apropiación indebida y malversación. Segundo, por las medidas cautelares que impone: retirada del pasaporte, prohibición de abandonar España y obligación de comparecer dos veces al mes en el juzgado. Y tercero, por el argumento que más ruido ha provocado: el supuesto riesgo de fuga vinculado, incluso, a la protección policial de la que dispone por ser esposa del presidente del Gobierno.
En una causa tan sensible, cada palabra de un auto judicial tiene peso político, jurídico y mediático. No se trata de una resolución cualquiera. No estamos ante un procedimiento ordinario sin proyección pública. Estamos ante la esposa del jefe del Ejecutivo, ante un juez muy cuestionado por una parte del arco político y ante una investigación que lleva meses alimentando titulares, tertulias, acusaciones cruzadas y una profunda sensación de desgaste institucional.
Por eso, cuando el auto plantea que miembros de la Policía Nacional podrían eventualmente facilitar una fuga, la reacción no tarda en llegar.
Uno de los primeros en responder fue Rubén Sánchez García, secretario general y portavoz de Facua. Su comentario fue breve, directo y cargado de incredulidad. Tras señalar que el juez Peinado afirma que agentes de la Policía Nacional podrían ayudar a Begoña Gómez a fugarse de España, resumió su valoración en tres palabras: “Es absolutamente delirante”.
La frase se extendió rápidamente porque conecta con una sensación compartida por quienes ven el razonamiento judicial como desproporcionado. Una cosa es que un juez pueda imponer medidas cautelares si aprecia riesgo de fuga. Eso forma parte de las herramientas previstas en un proceso penal. Otra cosa distinta es construir ese riesgo sobre una hipótesis tan grave como la posible colaboración de agentes policiales encargados de la protección oficial de la esposa del presidente.
Ahí está el punto más delicado.
La Policía Nacional no es un actor cualquiera en esta historia. Es una institución del Estado. Sus agentes tienen deberes legales, protocolos, jerarquía y obligaciones profesionales. Sugerir que podrían intervenir para facilitar una fuga no es una simple posibilidad abstracta. Es introducir en una resolución judicial una sospecha de enorme alcance institucional. Y cuando se insinúa algo tan serio, la pregunta inmediata es inevitable: ¿en qué indicios concretos se apoya?
Si existen datos objetivos, deberían estar claramente razonados. Si no existen, el planteamiento corre el riesgo de parecer una conjetura excesiva. Y en derecho penal, especialmente cuando se restringen derechos fundamentales, las conjeturas son un terreno peligroso.
La retirada del pasaporte y la prohibición de salir del país no son medidas simbólicas. Afectan directamente a la libertad de movimiento de una persona que, conviene recordarlo, mantiene intacta su presunción de inocencia. Begoña Gómez no ha sido condenada. Será juzgada si la decisión se mantiene, pero el juicio todavía no ha celebrado sus sesiones ni se han valorado las pruebas con todas las garantías propias de esa fase. Por eso, cualquier medida cautelar debe estar especialmente motivada.
El juez Peinado sostiene que el riesgo de fuga existe y adopta medidas para garantizar que Begoña Gómez esté a disposición de la justicia. Desde una perspectiva estrictamente procesal, el argumento habitual en estos casos suele apoyarse en la gravedad de los delitos investigados, la posible pena asociada y las circunstancias personales de la persona acusada. Sin embargo, en este auto la controversia nace porque el razonamiento va más allá y alcanza a la propia estructura de seguridad que rodea a Gómez.
El impacto político ha sido inmediato porque el caso llega en un momento de máxima tensión entre el Gobierno y una parte del poder judicial. El Ejecutivo y sectores próximos al PSOE llevan tiempo denunciando una ofensiva judicial y mediática contra el entorno de Pedro Sánchez. Sus adversarios, en cambio, sostienen que la justicia simplemente está haciendo su trabajo y que el hecho de ser familiar del presidente no puede servir de escudo frente a una investigación.
Ambas posiciones conviven en un clima donde cada decisión judicial se interpreta como parte de una guerra mayor.
El problema es que, cuando un auto judicial contiene una hipótesis tan llamativa, esa guerra se agranda. Ya no se discute solo si Begoña Gómez debe ir a juicio. Ya no se debate únicamente sobre los presuntos delitos atribuidos. El foco pasa a estar en el razonamiento del juez y en si ese razonamiento mantiene la prudencia, proporcionalidad y rigor que exige una causa de esta magnitud.
En paralelo, Cristina Álvarez, asesora de Gómez, también deberá acatar restricciones similares. El magistrado tomó esta decisión después de la vista celebrada en los juzgados madrileños, en la que las acusaciones populares solicitaron medidas para garantizar la presencia de las investigadas durante el proceso. Álvarez queda así situada en una posición procesal delicada, dentro de una causa que no solo examina hechos concretos, sino también relaciones institucionales, funciones administrativas y posibles usos indebidos de recursos públicos.
El empresario Juan Carlos Barrabés también será enviado a juicio por presuntos delitos de tráfico de influencias y corrupción en los negocios. En su caso, sin embargo, no se han impuesto medidas cautelares. Ese contraste también puede alimentar preguntas: ¿por qué unas personas reciben restricciones y otras no? ¿Qué criterios concretos se han utilizado para diferenciar las situaciones? ¿Hasta qué punto el riesgo de fuga se valora de forma homogénea dentro del mismo procedimiento?
La respuesta jurídica puede existir en el auto, pero políticamente la comparación ya está servida.
Este caso tiene todos los ingredientes para convertirse en uno de los grandes procesos mediáticos de los próximos meses: una persona vinculada directamente al presidente, acusaciones de alto impacto, un juez controvertido, acusaciones populares muy activas, reacciones políticas inmediatas y un país profundamente dividido sobre la frontera entre investigación legítima y persecución política.
Por eso, el debate no puede reducirse a una consigna simple.
Quienes defienden que Begoña Gómez debe ser investigada tienen razón en algo básico: nadie debe quedar fuera del alcance de la justicia por su apellido, su cargo indirecto o su cercanía al poder. La igualdad ante la ley exige que cualquier indicio sea examinado, incluso cuando afecta al entorno del presidente del Gobierno.
Pero quienes critican el auto también plantean una cuestión esencial: investigar no significa construir hipótesis extremas sin base sólida. La justicia debe ser firme, sí, pero también precisa. Debe ser independiente, pero no imprudente. Debe adoptar medidas cautelares cuando sean necesarias, pero sin convertir esas medidas en un castigo anticipado ni en un relato de sospechas institucionales difíciles de sostener.
La mención a la Policía Nacional es lo que cambia la dimensión del asunto. Si el juez hubiera limitado su razonamiento al riesgo de fuga por la gravedad de la pena o por la posición personal de la acusada, el debate habría sido intenso, pero más convencional. Al introducir la posibilidad de una colaboración policial en una eventual fuga, el auto entra en un terreno explosivo. Ya no solo se cuestiona la conducta futura de la acusada; se proyecta una sombra sobre agentes del Estado.
Esa es la parte que Rubén Sánchez califica de “absolutamente delirante”. Y esa es la parte que previsiblemente seguirá generando críticas, recursos y análisis jurídicos en los próximos días.
El caso también plantea una reflexión sobre el daño reputacional. Antes de que se celebre el juicio, antes de que haya sentencia, antes incluso de que se escuchen todas las pruebas, la imagen pública de Begoña Gómez ya está sometida a un desgaste enorme. En la política actual, el juicio social corre mucho más rápido que el judicial. Una retirada de pasaporte, una apertura de juicio oral y una mención al riesgo de fuga producen un impacto emocional inmediato en la opinión pública.
Después, si la causa cambia, si una instancia superior corrige, si se rebajan las acusaciones o si llega una absolución, el daño ya no desaparece con la misma facilidad. La sospecha tiene memoria larga. La rectificación, en cambio, suele tener poca audiencia.
Esa es una de las grandes tragedias de la judicialización política: convierte el proceso en castigo. Aunque la ley diga que una persona es inocente hasta sentencia firme, la lógica mediática funciona al revés. Primero se instala la sospecha, luego se discute el procedimiento y, mucho más tarde, quizá llega una resolución definitiva.
Mientras tanto, el país vuelve a dividirse.
Para unos, el auto de Peinado demuestra que hay materia suficiente para sentar a Begoña Gómez en el banquillo y exigir explicaciones. Para otros, confirma que la causa se ha desbordado y que el juez está llevando la instrucción a un terreno cada vez más discutible. Para unos, las medidas cautelares son prudencia. Para otros, son exceso. Para unos, el riesgo de fuga es razonable. Para otros, la idea de que la Policía pueda ayudarla a escapar es una hipótesis sin sentido.
Lo cierto es que la causa entra ahora en una fase todavía más delicada. Las defensas podrán recurrir. La Fiscalía podrá mantener su criterio. Las acusaciones populares seguirán empujando. Y las instancias superiores tendrán que valorar si la apertura de juicio oral y las medidas cautelares se ajustan a derecho.
Pero la batalla política ya ha empezado.
Y lo ha hecho alrededor de una frase que resume el clima de incredulidad de una parte de la sociedad: “Es absolutamente delirante”.
No porque la justicia no pueda investigar a Begoña Gómez.
No porque la esposa del presidente deba tener privilegios.
No porque un juez no pueda imponer cautelares.
Sino porque una democracia sana necesita que las resoluciones judiciales sean tan sólidas en sus pruebas como cuidadosas en sus razonamientos.
Cuando se restringen derechos, hace falta rigor.
Cuando se menciona a la Policía, hace falta prudencia.
Cuando se juzga al entorno del presidente, hace falta precisión absoluta.
Y cuando un auto judicial se convierte en una bomba política, la primera obligación del sistema es demostrar que detrás no hay ruido, ni espectáculo, ni conjetura.
Solo ley.
Solo pruebas.
Solo justicia.