Susanna Griso frena en seco a Ayuso… y deja una frase indigerible en Sol. Ante el tono áspero de la presidenta madrileña sobre Julio Iglesias, Griso reaccionó sin alzar la voz, pero con precisión quirúrgica. No entró en el espectáculo ni en la provocación directa: subrayó un punto clave que desmonta el discurso oficial y deja una incomodidad difícil de digerir en Puerta del Sol. A veces, una sola observación serena puede hacer más daño que el ataque más ruidoso.

Susanna Griso reacciona al delirio de Ayuso con Julio Iglesias y hace énfasis en algo que va a indigestar en la Puerta del Sol.

 

 

 

Susanna Griso no ha evitado sentenciar desde ‘Espejo Público’ las controvertidas reacciones de Isabel Díaz Ayuso y Santiago Abascal ante las acusaciones de Julio Iglesias.

 

 

 

 

Hay noticias que nacen como una investigación periodística y acaban convirtiéndose en un espejo incómodo de la política española.

 

No porque los hechos cambien, sino porque las reacciones revelan más de lo que muchos querrían admitir.

 

Lo ocurrido con Julio Iglesias es exactamente eso: un caso que, antes incluso de que la justicia se pronuncie, ha destapado las costuras morales, discursivas y estratégicas de buena parte del tablero político y mediático.

 

 

Todo empezó con la publicación de una investigación conjunta de ElDiario.es y Univision, fruto de años de trabajo, entrevistas, contrastes y verificación.

 

En ella, varias extrabajadoras de las mansiones del cantante relatan presuntos episodios de trata, abuso sexual, violencia física y psicológica durante el tiempo en que trabajaron para él, especialmente en propiedades del Caribe.

 

Testimonios duros, coherentes entre sí, detallados, que hoy ya están en manos de la Fiscalía.

 

No se trata de rumores ni de un linchamiento en redes. Se trata de periodismo de investigación y de mujeres que, después de mucho tiempo, han decidido hablar.

 

A partir de ahí, lo esperable habría sido una reacción institucional prudente, respetuosa y centrada en algo básico: escuchar a las víctimas y dejar que la justicia haga su trabajo.

 

Sin embargo, lo que ha ocurrido ha sido otra cosa muy distinta. Julio Iglesias, una figura icónica de la música española y mundial, se ha convertido en un arma arrojadiza entre partidos políticos.

 

Y el debate ha virado rápidamente del contenido de las denuncias al uso político del escándalo.

 

 

La izquierda española, con matices y distintos tonos, ha reaccionado de forma mayoritariamente unánime: condena de los presuntos delitos, apoyo explícito a las víctimas y exigencia de una investigación exhaustiva.

 

No hay condena judicial, recuerdan, pero sí hay testimonios suficientemente graves como para no mirar hacia otro lado.

 

Un posicionamiento que, guste o no, sigue una lógica coherente con el discurso que la izquierda mantiene desde hace años en materia de violencia sexual y derechos de las mujeres.

 

En el otro extremo, la reacción de la derecha ha sido, como mínimo, desconcertante. Especialmente llamativa ha sido la postura de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, que decidió pronunciarse en redes sociales con un mensaje que rápidamente incendió el debate público.

 

“Las mujeres violadas y atacadas están en Irán, con el silencio cómplice de la ultraizquierda. La Comunidad de Madrid jamás contribuirá al desprestigio de los artistas y menos, al del cantante más universal de todos: Julio Iglesias”, escribió en su perfil oficial.

 

 

No es solo lo que dijo, sino cómo y cuándo lo dijo. Ayuso no entró a valorar las denuncias, no apeló a la presunción de inocencia en términos jurídicos, no pidió cautela ni respeto por la investigación en curso.

 

Optó directamente por desviar el foco, confrontar ideológicamente y blindar al artista por su condición de icono cultural.

 

Como si la fama, el prestigio internacional o el legado musical funcionaran como un salvoconducto moral.

 

El mensaje provocó una oleada inmediata de críticas. No solo desde la izquierda política, sino también desde amplios sectores sociales y mediáticos que vieron en esas palabras una banalización de la violencia sexual y una utilización cínica del sufrimiento de las mujeres, tanto dentro como fuera de España.

 

Porque mencionar Irán no solo no aporta nada al caso concreto, sino que introduce una comparación tramposa: como si denunciar abusos aquí implicara guardar silencio sobre abusos en otros países. Como si solo hubiera una cuota limitada de indignación disponible.

 

 

En paralelo, Santiago Abascal, líder de Vox, optó por una estrategia similar, aunque con otro envoltorio.

 

Aseguró que no podía juzgar las denuncias, pero cuestionó abiertamente “el interés de este Gobierno de centrar todo en este asunto”, insinuando que el caso Julio Iglesias podría formar parte de una cortina de humo para tapar otros problemas, especialmente los relacionados con la corrupción.

 

De nuevo, el foco no estaba en las víctimas ni en los hechos denunciados, sino en una supuesta maniobra política.

 

Esta lectura conspirativa terminó de descolocar incluso a voces que habitualmente no se alinean con la izquierda.

 

Una de las reacciones más llamativas fue la de Susanna Griso, presentadora de Espejo Público en Antena 3, que este miércoles no ocultó su sorpresa y su incomodidad ante el discurso de PP y Vox.

 

Y su intervención es relevante precisamente porque no se trata de una figura asociada al progresismo militante.

 

 

“Yo he criticado a Pedro Sánchez y sus cortinas de humo, pero pensar que lo de Julio Iglesias forma parte de su estrategia…”, dijo Griso en directo, visiblemente incrédula.

 

Y fue más allá: “Decir que esto es una cortina de humo para que no se hable de la corrupción me parece delirante”.

 

Una palabra, “delirante”, que resume bien la sensación de muchos espectadores ante la deriva del debate.

 

 

Griso tampoco pasó por alto la reacción de Ayuso. “A mí también me sorprendió la reacción de Isabel Díaz Ayuso, claramente sin entrar a valorar las denuncias”, señaló, subrayando algo que para muchos ha sido clave: la ausencia total de empatía con las víctimas y la falta de un mínimo de prudencia institucional.

 

Frente a eso, destacó la actitud de Alberto Núñez Feijóo, líder del Partido Popular, que optó por un perfil mucho más bajo y, para muchos, más sensato.

 

 

Feijóo, que mantiene una relación personal cordial con Julio Iglesias, se limitó a decir que estaba “muy, muy sorprendido” por los testimonios y que lo correcto era “dejar de especular y centrarse en la investigación para saber qué es lo que ha sucedido de verdad”.

 

Una posición que no condena ni absuelve, pero que al menos no convierte el caso en un combate ideológico ni desacredita a quienes han denunciado.

 

 

Este contraste interno dentro de la derecha española no es menor. Muestra dos formas de entender la política y la comunicación pública.

 

Por un lado, la estrategia del choque, del tuit incendiario, del mensaje identitario que busca aplausos rápidos aunque queme puentes.

 

Por otro, una aproximación más clásica, consciente de que hay asuntos en los que el silencio o la prudencia valen más que una frase viral.

 

Mientras tanto, Julio Iglesias guarda silencio. El cantante, que durante décadas ha sido símbolo de éxito, seducción y proyección internacional de la cultura española, no se ha pronunciado sobre las acusaciones.

 

Su entorno tampoco ha ofrecido una respuesta clara. Y ese silencio, en un contexto tan grave, añade más preguntas que respuestas.

 

 

Porque aquí hay algo que va más allá de nombres propios. Más allá de Ayuso, Abascal, Griso o Feijóo.

 

Lo que está en juego es el marco desde el que se aborda la violencia sexual cuando el presunto agresor es poderoso, admirado y rentable simbólicamente.

 

La tentación de proteger al ídolo, de minimizar el daño, de desacreditar a quien habla, sigue estando muy presente.

 

También está en juego el papel de los medios. El contraste entre el trabajo de investigación de ElDiario.es y Univision, frente al ruido generado en tertulias y redes, evidencia dos velocidades del debate público.

 

Una lenta, incómoda, basada en hechos. Otra rápida, emocional, diseñada para polarizar. Y no siempre gana la primera.

 

 

No se trata de condenar sin sentencia. Ese argumento, repetido hasta la saciedad, suele utilizarse como coartada para no hacer nada.

 

Se trata de algo más simple y más profundo a la vez: escuchar, respetar, investigar. No ridiculizar. No desviar. No convertir el dolor en munición política.

 

Cuando una presidenta autonómica decide defender a un artista apelando a su “universalidad” y comparando las denuncias con la situación en Irán, no está ejerciendo la presunción de inocencia.

 

Está enviando un mensaje cultural. Un mensaje que dice quién merece protección y quién no. Quién es creíble y quién resulta incómodo.

 

Por eso este caso ha generado tanto rechazo incluso fuera de los círculos habituales de la izquierda.

 

Porque mucha gente ha entendido que aquí no se está atacando a un cantante por ser famoso, sino cuestionando una lógica peligrosa: la de que el éxito puede pesar más que la palabra de una mujer que denuncia abusos.

 

El debate no debería cerrarse con el próximo escándalo ni diluirse en la agenda informativa. Porque cada vez que se responde así a una denuncia, se envía un aviso a otras posibles víctimas: hablar tiene un coste. Y ese coste, muchas veces, es demasiado alto.

 

 

Lo ocurrido con Julio Iglesias y las reacciones políticas posteriores no es solo una polémica pasajera.

 

Es una radiografía de cómo España sigue teniendo dificultades para afrontar la violencia sexual cuando el foco apunta hacia arriba.

 

Y también una oportunidad, si se quiere aprovechar, para exigir algo básico: menos ruido, más humanidad y un compromiso real con la verdad.

 

Porque al final, más allá de siglas y estrategias, hay una pregunta que sigue flotando en el aire y que no debería perderse entre tuits y tertulias: ¿qué clase de sociedad queremos ser cuando una mujer decide hablar?

 

 

 

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