AZNAR APARECE EN LOS ARCHIVOS DE EPSTEIN. ESTO ES UN ESCÁNDALO.

Hay nombres que, cuando aparecen juntos en un mismo documento, generan un silencio incómodo. No porque confirmen delitos, ni porque prueben culpabilidades, sino porque obligan a hacerse preguntas que durante años nadie se atrevió a formular en voz alta.
Y eso es exactamente lo que ha ocurrido con la publicación de una nueva tanda de archivos judiciales vinculados a Jeffrey Epstein, el financiero estadounidense convertido en símbolo global de la corrupción de las élites, el abuso de poder y la impunidad.
Entre los más de tres millones de documentos hechos públicos por el Departamento de Justicia de Estados Unidos —tras una votación del Congreso que obligó a su desclasificación— aparece un nombre que en España pesa como pocos: José María Aznar.
Expresidente del Gobierno, arquitecto político de la derecha moderna española, figura reverenciada por el Partido Popular y referente ideológico de varias generaciones de dirigentes conservadores. Su sola mención en este contexto ha sido suficiente para levantar cejas… y para provocar un silencio atronador.
Porque sí, el nombre de José María Aznar figura en los archivos de Epstein. No como acusado, no como investigado, no como imputado. Pero figura. Y en política, como en periodismo, hay apariciones que, sin ser condenas, exigen explicaciones.
Los documentos, publicados en las últimas horas, forman parte de una avalancha de material: millones de páginas, cientos de miles de imágenes y miles de vídeos que todavía están siendo analizados.
Un archivo colosal que retrata las conexiones sociales, económicas y personales de Epstein y de su entorno durante décadas.
En ese océano de papeles aparecen presidentes, magnates, celebridades, empresarios, políticos de primer nivel y figuras clave del poder global. Entre ellos, también españoles.
En el caso de Aznar, lo que se ha conocido hasta ahora es concreto y verificable. Los archivos muestran que Jeffrey Epstein y su socia Ghislaine Maxwell —condenada a 20 años de prisión por delitos relacionados con tráfico de menores— enviaron al menos dos paquetes dirigidos a José María Aznar.
El primero llegó en septiembre de 2003 al Palacio de la Moncloa, cuando Aznar aún era presidente del Gobierno.
El envío, realizado por FedEx desde las oficinas de Epstein en Nueva York, iba dirigido al “Presidente” y a “Ana Aznar”, nombre con el que aparece registrada Ana Botella en el documento. El coste del envío figura detallado. El contenido, no.
El segundo paquete se envió en 2004, ya con Aznar fuera del Gobierno. Esta vez el destino fue la sede de la Fundación FAES, en la calle Juan Bravo de Madrid, la institución que preside el propio Aznar.
De nuevo, el remitente: Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell. De nuevo, el coste del envío registrado. Y de nuevo, ninguna información sobre qué contenía el paquete.
A esto se suman otros documentos en los que aparece el apellido Aznar. Entre ellos, un registro de un pago realizado en octubre de 2003 a través de una agencia de viajes utilizada habitualmente por Epstein para gestionar vuelos de su entorno.
El pago figura a nombre de “Aznar José María”, lo que abre una incógnita relevante: si se refiere al expresidente o a su hijo, que comparte exactamente el mismo nombre y que ya había aparecido en anteriores agendas de contactos vinculadas al financiero estadounidense, especialmente en el ámbito de los negocios internacionales en Londres a principios de los años 2000.
Los archivos también incluyen correos electrónicos parcialmente censurados en los que se aprecia cómo una persona identificada como “José” envía direcciones vinculadas a la Fundación FAES, con un tono cercano. De nuevo, no hay pruebas de delito. Pero sí hay trazas de relación, de contacto, de conocimiento mutuo.
Y aquí conviene detenerse. La aparición de un nombre en los archivos de Epstein no implica, por sí sola, ninguna conducta ilegal.
Muchos de los contactos del financiero no conocían —o dicen no haber conocido— la magnitud de sus crímenes en el momento en que trataron con él.
Los envíos documentados se produjeron antes de la primera condena pública de Epstein. No existe ninguna prueba que indique que José María Aznar o su familia conocieran las actividades criminales del financiero. Eso debe quedar claro.
Pero igual de claro es que Epstein no era un desconocido cualquiera. Era un multimillonario con acceso directo a presidentes, reyes, magnates tecnológicos y líderes políticos.
Un hombre cuya agenda estaba repleta de nombres influyentes y que se movía con absoluta comodidad en los círculos del poder global.
Resulta, como mínimo, difícil de creer que alguien que fue presidente del Gobierno de España no supiera quién era el remitente de un paquete enviado desde Nueva York por un financiero estadounidense de ese calibre.
Las reacciones oficiales, por ahora, han sido escuetas. Fuentes del entorno de Aznar, consultadas por medios como El País o eldiario.es, han afirmado que el expresidente “no conoce” a Jeffrey Epstein.
Una frase breve, tajante, que busca cerrar el debate antes de que se abra. Pero precisamente esa contundencia es la que ha generado más dudas que certezas.
Porque si algo ha quedado claro con la publicación de estos archivos es que Epstein conocía a todo el mundo… y que todo el mundo sabía quién era Epstein.
No necesariamente como depredador sexual, pero sí como figura central del establishment económico y político estadounidense.
La pregunta, por tanto, no es si Aznar cometió algún delito. No hay ninguna evidencia de ello. La pregunta es por qué el estándar de exigencia cambia tanto según el apellido que aparezca en los documentos.
Porque muchos se preguntan qué estaría ocurriendo ahora mismo si el nombre mencionado fuera el de José Luis Rodríguez Zapatero, Pedro Sánchez o cualquier otro dirigente de izquierdas. ¿Habría portadas? ¿Habría tertulias incendiadas? ¿Habría hashtags exigiendo explicaciones inmediatas?
El contraste resulta aún más llamativo si se amplía el foco. Porque los archivos no solo mencionan a Aznar.
También aparecen numerosas referencias a Donald Trump, amigo personal de Epstein durante años, y a Elon Musk, actual propietario de la red social X y uno de los hombres más influyentes del planeta.
En el caso de Musk, los documentos incluyen cadenas de correos electrónicos en los que el empresario solicita información sobre fiestas en la isla de Epstein, pregunta por “la noche más salvaje” y muestra interés en participar en eventos organizados por el financiero.
Mensajes que chocan frontalmente con las declaraciones públicas de Musk durante años, en las que minimizaba o negaba su relación con Epstein.
La paradoja es difícil de ignorar. Musk, que en los últimos meses ha difundido bulos sobre España y la inmigración, amplificando mensajes falsos que han alcanzado millones de visualizaciones, aparece ahora en documentos que lo vinculan directamente con el entorno de Epstein. Y aun así, su credibilidad apenas se resiente entre determinados sectores políticos y mediáticos.
Todo esto se produce, además, en un contexto de enorme tensión informativa. La publicación de los archivos ha coincidido con crisis internacionales, amenazas geopolíticas y una saturación de noticias que parecen competir por desviar la atención.
Algunos analistas no descartan que parte de ese ruido sirva, precisamente, para diluir el impacto de unas revelaciones que incomodan a demasiadas personas poderosas.
Volviendo a España, lo que deja este episodio es una sensación inquietante: la de un doble rasero permanente. La de una élite política que exige transparencia a los demás, pero que se parapeta en el silencio cuando las preguntas apuntan hacia dentro.
La de unos valores “familiares” y “tradicionales” que se invocan constantemente, pero que se relativizan cuando quienes aparecen en los márgenes de un escándalo pertenecen al propio bando ideológico.
Nadie está acusando a José María Aznar de los crímenes de Jeffrey Epstein. Nadie está sugiriendo que participara en sus fiestas ni en sus abusos.
Pero negar cualquier tipo de relación, cuando existen documentos que prueban contactos, envíos y comunicaciones, no parece la respuesta más honesta ni la más inteligente.
La publicación de estos archivos no cierra ninguna historia. Al contrario, abre muchas. Y plantea una cuestión de fondo que va más allá de nombres propios:
hasta qué punto estamos dispuestos, como sociedad, a exigir las mismas explicaciones a todos, sin importar su ideología, su poder o su apellido.
Porque si algo ha demostrado el caso Epstein es que el problema no es solo un hombre, sino un sistema que durante décadas protegió a quienes se movían en las alturas.
Un sistema en el que demasiadas preguntas quedaron sin hacer, y demasiadas respuestas nunca llegaron.
Ahora que los documentos están sobre la mesa, el silencio ya no es una opción. Compartir, leer, contrastar y exigir explicaciones no es una cuestión partidista, sino democrática.
Y quizás ha llegado el momento de decidir si queremos seguir mirando hacia otro lado… o empezar, de una vez, a hacer las preguntas incómodas.