Un silencio que pesó más que mil discursos. En pleno hemiciclo, Feijóo bajó la cabeza cuando Rufián le recordó las sombras de Génova y los pecados nunca saldados del PP. No hubo réplica, ni negación, ni indignación impostada. Solo segundos eternos que helaron la sala. ¿Cálculo frío o miedo a abrir una herida que sigue supurando? En política, a veces, callar es confesar.

 FEIJÓO NO RESPONDE cuando RUFIÁN le RECUERDA los SOBRES B del PP en GÉNOVA.

 

 

En el Congreso de los Diputados hay días que pasan sin pena ni gloria. Sesiones de trámite, discursos leídos con desgana, miradas perdidas y un murmullo constante que apenas disimula la rutina.

 

Pero, de vez en cuando, ocurre algo distinto. Algo que rompe la inercia, sacude el hemiciclo y se instala en el relato político durante semanas.

 

El pasado jueves fue uno de esos días. Y el detonante tuvo nombre y apellido: Gabriel Rufián.

 

 

La sesión no prometía nada extraordinario. En el orden del día figuraba una moción más sobre transparencia en la financiación de los partidos políticos, uno de esos debates que se repiten con la cadencia de las estaciones y que suelen generar más bostezos que titulares.

 

Todo parecía encaminarse hacia una mañana anodina hasta que Rufián pidió la palabra. Quienes conocen su trayectoria parlamentaria supieron al instante que algo estaba a punto de pasar. Y no se equivocaron.

 

 

Frente a él, en la bancada de la oposición, Alberto Núñez Feijóo escuchaba con el gesto serio que se ha convertido casi en su marca personal desde que aterrizó en Madrid.

 

El líder del Partido Popular acudía a la sesión con la intención de proyectar normalidad, solvencia y ese aire de dirigente moderado que tanto le ha funcionado en Galicia.

 

Lo que probablemente no esperaba era convertirse en el eje de una de las intervenciones más comentadas de la legislatura.

 

 

Rufián no empezó levantando la voz ni lanzando acusaciones directas. Al contrario. Arrancó con una pregunta aparentemente inocente, de esas que funcionan como una cerilla en una habitación llena de gasolina.

 

“Señor Feijóo, ¿le suena la calle Génova?”. Bastó esa frase para que el murmullo se transformara en atención plena.

 

Génova no es solo una dirección en Madrid. Es un símbolo. Un lugar cargado de memoria política, judicial y mediática.

 

 

A partir de ahí, el discurso se desplegó con precisión quirúrgica. Rufián no improvisaba. Hiló ironía, datos conocidos y referencias que llevan más de una década formando parte del imaginario colectivo.

 

Habló de sobres, de financiación irregular, de tramas judiciales que han marcado al Partido Popular desde los años de Gürtel hasta la caja B confirmada por sentencia.

 

No aportó nada nuevo en términos judiciales, pero no lo necesitaba. Su objetivo no era informar, sino recordar.

 

 

Feijóo intentó mantener la compostura. Pidió respeto, apeló al debate serio y recordó que él no estaba en el PP cuando ocurrieron muchos de esos hechos.

 

Defendió que su liderazgo representa una nueva etapa, un intento de cerrar definitivamente un capítulo oscuro de la historia del partido.

 

Pero cada una de sus respuestas parecía alimentar el relato que Rufián había activado. Porque en política, a veces, defenderse es ya una forma de perder.

 

 

El portavoz de ERC lo sabía y jugó con esa ventaja. No acusó a Feijóo de haber cobrado sobres. Fue más lejos y, al mismo tiempo, más sutil.

 

Le reprochó no haber roto de forma contundente con ese pasado, no haber condenado con claridad absoluta unas prácticas que siguen persiguiendo al partido.

 

La diferencia es clave: no se trataba de culpabilidad directa, sino de herencia política. Y esa herencia pesa, incluso cuando uno intenta distanciarse de ella.

 

 

Mientras el intercambio subía de tono, el hemiciclo se transformó. En las filas socialistas y de otros grupos se contenían sonrisas; en la bancada popular, el ambiente era de incomodidad palpable.

 

Miradas esquivas, gestos tensos, móviles que vibraban con mensajes de asesores y equipos de comunicación que ya anticipaban el impacto mediático de lo que estaba ocurriendo. Porque todos sabían que aquello no iba a quedarse en la sala.

 

 

Rufián manejó el tiempo como un actor experimentado. Alternó momentos de sarcasmo con silencios calculados.

 

Usó referencias culturales, comparaciones mordaces y un tono aparentemente calmado que hacía el ataque aún más efectivo. No gritó. No insultó. No perdió los papeles.

 

Y precisamente por eso, su intervención resultó tan demoledora. En política, el que se altera suele perder credibilidad; el que mantiene la calma mientras señala, gana el control del relato.

 

 

Feijóo, por su parte, optó por una estrategia defensiva clásica: insistir en que esos casos pertenecen al pasado, que el PP ha cambiado, que existen nuevos controles y mecanismos de transparencia. Todo ello es cierto desde el punto de vista formal.

 

Pero el problema no estaba en la veracidad de sus palabras, sino en su capacidad para contrarrestar la carga simbólica que Rufián había puesto sobre la mesa. Y ahí, el líder del PP quedó atrapado.

 

 

El momento culminante llegó cuando el portavoz independentista lanzó una de esas frases diseñadas para sobrevivir fuera del Congreso, para circular en titulares, clips de vídeo y redes sociales. “Esto no es un ‘reboot’, es una secuela con el mismo escándalo”.

 

 

La carcajada contenida que recorrió el hemiciclo fue la confirmación de que el golpe había sido certero.

 

En política, hacer reír al público a costa del adversario es una de las victorias más difíciles de neutralizar.

 

 

Tras la intervención, el silencio fue espeso. No hubo aplausos ni abucheos inmediatos. Solo esa quietud incómoda que aparece cuando algo ha tocado una fibra sensible.

 

Feijóo recogió sus papeles, ajustó las gafas y evitó prolongar el enfrentamiento. Sabía que cualquier réplica adicional corría el riesgo de empeorar la situación. A veces, callar es la única salida, aunque el silencio también tenga un precio.

 

 

Y lo tuvo. Porque lo ocurrido en el Congreso no terminó allí. Al día siguiente, los vídeos de la intervención de Rufián inundaron informativos, portales digitales y redes sociales.

 

Los fragmentos más duros se compartían en bucle, acompañados de imágenes de sobres, maletines y titulares antiguos.

 

El relato se había instalado: Feijóo, el líder moderado, aparecía de nuevo vinculado al pasado más incómodo de su partido, aunque fuera de forma indirecta.

 

 

Ese es el verdadero poder de este tipo de intervenciones. No cambian leyes ni aprueban presupuestos, pero moldean percepciones.

 

En una política cada vez más mediática, donde el Congreso funciona también como plató, el impacto se mide en viralidad, no en actas parlamentarias.

 

Y en ese terreno, Rufián juega con ventaja. Sabe qué decir, cuándo decirlo y cómo decirlo para que el mensaje sobreviva fuera del hemiciclo.

 

 

No es la primera vez que ocurre. A lo largo de los años, el diputado de ERC ha demostrado una habilidad especial para señalar contradicciones ajenas y activar resortes emocionales en la audiencia.

 

Puede gustar o no su estilo, pero su eficacia comunicativa es indiscutible. No busca mayorías ni consensos amplios; busca dejar marca, obligar al adversario a defenderse y recordar aquello que muchos prefieren olvidar.

 

 

Para el Partido Popular, el episodio reabre un debate interno incómodo. Hasta qué punto el pasado sigue condicionando el presente.

 

Hasta cuándo será posible pasar página sin una ruptura más explícita. Y hasta qué punto la estrategia de moderación y silencio es suficiente frente a ataques que no apelan tanto a los hechos como a la memoria colectiva.

 

Porque en España, nombres como Gürtel, Bárcenas o Génova siguen teniendo un peso simbólico enorme.

 

 

Para Feijóo, el desafío es doble. Por un lado, consolidar su imagen de alternativa de gobierno.

 

Por otro, demostrar que puede desmarcarse de ese legado sin ambigüedades. El jueves quedó claro que sus adversarios no le darán tregua en ese terreno.

 

Cada silencio, cada matiz, cada intento de pasar de puntillas será utilizado en su contra. Y en política, la percepción suele pesar tanto como la realidad.

 

 

Lo ocurrido en el Congreso fue, en definitiva, mucho más que un rifirrafe parlamentario. Fue una escena cuidadosamente construida que conecta con una narrativa profunda del país.

 

Una prueba de que el pasado nunca está del todo enterrado y de que basta una palabra —sobres— para reactivar fantasmas que parecían dormidos.

 

Y también una demostración de que, en la política actual, quien domina el relato domina una parte esencial del poder.

 

 

Quizá dentro de unos días el debate se diluya entre nuevas polémicas. Quizá otros temas ocupen los titulares.

 

Pero la escena ya está ahí, grabada, compartida, comentada. Y como tantas otras antes, formará parte de ese archivo invisible que condiciona cómo miramos a nuestros líderes.

 

Porque al final, en política, no siempre gana quien tiene razón, sino quien consigue que su versión parezca más creíble.

 

Y ese día, en el Congreso, Gabriel Rufián volvió a demostrar que en ese terreno es un jugador de primera división.

 

 

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