PRESO POLÍTICO venezolano se VENGA de ZAPATERO al DESVELAR LO QUE LE HIZO en la CÁRCEL de MADURO.

Arranca el año y, como casi siempre que el calendario se renueva, la política no concede tregua. Cambian las fechas, se reciclan los discursos y se reordenan las prioridades mediáticas, pero el fondo permanece.
En las últimas semanas, la actualidad internacional ha irrumpido con una fuerza arrolladora, desplazando del foco asuntos domésticos que parecían llamados a monopolizar el debate público durante meses.
Venezuela, Estados Unidos, Donald Trump y la caída de Nicolás Maduro han vuelto a situarse en el centro de la conversación, generando un ruido que ha cruzado fronteras y ha tenido un eco particular en España.
No es casual. Nuestro país mantiene una relación política, histórica y emocional profunda con Venezuela.
Cientos de miles de venezolanos viven hoy en España, muchos de ellos forzados a abandonar su país por la persecución política, la represión o una pobreza estructural que convirtió la supervivencia diaria en una carrera de obstáculos.
Para ellos, cada noticia que llega de Caracas no es un titular más: es una herida abierta, una esperanza o un temor renovado.
La reciente detención de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos ha sacudido ese tablero emocional y político.
Las redes sociales se han llenado de análisis improvisados, sentencias categóricas y debates encendidos.
De repente, medio país parecía haberse convertido en experto en derecho internacional, geopolítica y relaciones diplomáticas. Sin embargo, más allá del ruido, hay una certeza difícil de discutir: la caída de un tirano, si se confirma y se consolida, siempre es una buena noticia para quienes han sufrido su régimen.
Venezuela se asoma ahora a un futuro incierto. Más esperanzador que ayer, sí, pero todavía lleno de incógnitas.
El chavismo ha demostrado durante años una capacidad notable para sobrevivir a sanciones, protestas, denuncias internacionales y crisis económicas devastadoras.
El régimen bolivariano está tocado, probablemente como nunca antes, pero sigue vivo. Y mientras tanto, el mundo observa con una mezcla de expectación y escepticismo los verdaderos objetivos de Washington y, en particular, de Donald Trump.
En España, este nuevo capítulo internacional ha tenido un efecto colateral evidente: ha relegado a un segundo plano la conversación sobre la corrupción que rodea al Gobierno de Pedro Sánchez.
Un fenómeno habitual cuando el foco se desplaza hacia el exterior. Pero eso no significa que las conexiones entre ambos planos —el internacional y el doméstico— no existan.
Al contrario: en el caso venezolano, esas conexiones son profundas, incómodas y difíciles de ignorar.
Uno de los nombres que vuelve recurrentemente a escena es el de José Luis Rodríguez Zapatero.
El expresidente del Gobierno se ha convertido, con el paso de los años, en una figura tan polémica como omnipresente en todo lo relacionado con Venezuela.
Para algunos sectores de la izquierda, Zapatero sigue siendo presentado como un mediador incansable, un hombre de diálogo que ha intentado tender puentes y liberar presos políticos desde dentro del régimen.
Para otros, dentro y fuera de España, es algo muy distinto: un colaborador necesario en la legitimación internacional de una dictadura.
Las imágenes y declaraciones del pasado pesan. Mucho. Y la hemeroteca no olvida. Zapatero nunca ha reconocido de forma clara y contundente que Venezuela sea una dictadura.
Nunca ha llamado dictador a Nicolás Maduro. Nunca ha admitido públicamente la existencia de presos políticos, pese a la abundancia de informes de organismos internacionales que documentan violaciones sistemáticas de los derechos humanos.
Ese silencio, o esa ambigüedad calculada, es uno de los grandes reproches que se le hacen.
El testimonio de Leopoldo López, uno de los opositores más emblemáticos del chavismo, resulta especialmente incómodo para quienes defienden el papel del expresidente español.
López relató cómo Zapatero lo visitó en prisión junto a figuras clave del régimen, como Delcy Rodríguez, para pedirle que llamara a calmar las protestas.
Su respuesta fue clara: la violencia no provenía de los manifestantes, sino del propio Estado, de quienes disparaban, reprimían y encarcelaban.
Aquel encuentro no llevó a ninguna liberación ni a ningún avance real. Solo dejó una sensación amarga de presión y cinismo.
A pesar de ello, durante años se ha intentado construir el relato del “Zapatero agente secreto”, una especie de espía infiltrado que fingía apoyar al régimen para debilitarlo desde dentro.
Una teoría que, analizada con frialdad, no se sostiene. No hay pruebas de una estrategia encubierta, pero sí abundan las evidencias de una cercanía política y personal con las élites chavistas.
Preguntas incómodas siguen sin respuesta: ¿de qué vive Zapatero tras abandonar el Consejo de Estado? ¿Por qué sus hijas han mantenido relaciones laborales con el entorno del régimen venezolano? ¿Por qué su discurso público coincide sistemáticamente con los intereses de Caracas?
Las críticas no proceden solo de la oposición española. Expresidentes latinoamericanos como Andrés Pastrana han sido especialmente duros.
Para Pastrana, Zapatero ha sido uno de los mayores daños a la democracia en América Latina, un hombre que ha respaldado una narcodictadura y ha contribuido a su blanqueamiento internacional.
Palabras durísimas que contrastan con la imagen edulcorada que algunos medios progresistas intentan proyectar en España.
El papel del actual Gobierno tampoco sale indemne. España votó en contra del reconocimiento de Edmundo González como presidente legítimo de Venezuela en el Parlamento Europeo.
Algunos ministros llegaron a felicitar a Maduro tras unas elecciones ampliamente cuestionadas por la comunidad internacional.
Durante años, Pedro Sánchez evitó llamar dictador al líder chavista y se resistió a reconocer públicamente la naturaleza autoritaria del régimen.
Solo ahora, cuando el viento parece soplar en otra dirección, el discurso empieza a cambiar.
Este doble rasero es lo que indigna a muchos. La izquierda española se presenta como defensora de los derechos humanos, del feminismo, de la libertad y de la democracia.
Pero cuando los exiliados venezolanos salen a celebrar la caída de Maduro, algunos sectores los señalan como fascistas o cuestionan que se les haya acogido.
La solidaridad parece condicionada al voto, a la afinidad ideológica, a la utilidad política del momento.
El caso venezolano expone una contradicción profunda. Se defiende la inmigración cuando refuerza un relato, pero se cuestiona cuando incomoda.
Se habla de libertad y de derechos, pero se guarda silencio ante dictaduras amigas. Se exige memoria histórica en casa, pero se practica el olvido selectivo fuera.
La falta de memoria es, quizá, uno de los grandes males de nuestra época.
Lo que ayer se justificaba hoy se condena sin rubor, y lo que hoy se condena mañana puede volver a blanquearse si conviene.
En este contexto, resulta comprensible la indignación de quienes ven en Zapatero y en Sánchez no solo un error político, sino una traición moral a un pueblo que ha sufrido durante décadas.
Las palabras de Cayetana Álvarez de Toledo, que han circulado ampliamente en los últimos días, resumen bien ese malestar.
Habla de un proceso de degradación democrática, de un Gobierno que no gestiona, sino que impulsa una mutación institucional peligrosa.
De la deslegitimación constante de los contrapesos democráticos, presentados como restos de un franquismo latente, y de una deriva que amenaza con fracturar aún más a la sociedad española.
Según esta visión, la estrategia es clara: tapar la corrupción con una crisis mayor, desplazar el foco, generar conflictos institucionales que oculten los problemas de fondo.
Venezuela, en este sentido, no es solo un drama lejano. Es también un espejo incómodo en el que España debería mirarse con más honestidad.
Porque defender la democracia fuera exige coherencia dentro. No se puede condenar a Maduro sin revisar el papel que se ha jugado durante años en su legitimación.
No se puede hablar de libertad mientras se erosiona la confianza en las instituciones. No se puede pedir memoria cuando conviene y olvido cuando estorba.
Venezuela merece justicia, verdad y reparación. Y España merece una política exterior que no esté al servicio de intereses personales ni ideológicos, sino de principios claros.
La caída de un dictador es solo el primer paso. Lo verdaderamente difícil empieza después: reconstruir, asumir responsabilidades y no repetir los mismos errores bajo otros nombres.
Mientras tanto, conviene no olvidar. Ni las palabras dichas, ni los silencios mantenidos, ni las fotos sonriendo junto a quienes hoy se señalan como tiranos.
Porque la memoria, aunque incómoda, sigue siendo una de las pocas herramientas que nos protegen de volver a caer en la misma trampa.