La Comisión DANA dejó de ser una formalidad: era un juicio público. Rufián enumeró cinco mentiras, cada una más mordaz que la anterior. Feijóo respondió con silencio, gestos y una sonrisa polémica. ¿Se trataba de control absoluto o de pánico torpemente disimulado? Entre las cámaras, los titulares de los periódicos y la tensión política, alguien estaba perdiendo el control de la narrativa. Era el poder, la erosión y las consecuencias que nadie se atrevía a mencionar.

Rufián reprocha a Feijóo, una por una, sus cinco mentiras durante la comisión de la DANA: “Está haciendo el ridículo”.

 

 

El portavoz de ERC ha destacado las “mentiras flagrantes” de Feijóo durante su comparecencia.

 

 

 

Gabriel Rufián durante su interrogatorio a Feijóo en la comisión de investigación de la DANA.

 

 

Hay días en la política española que no se olvidan fácilmente. Jornadas en las que el pasado vuelve con fuerza, se cuela por las rendijas del discurso oficial y obliga a los protagonistas a enfrentarse a sus propias palabras.

 

Eso fue exactamente lo que ocurrió este lunes en el Congreso de los Diputados, cuando Alberto Núñez Feijóo se sentó ante la comisión que investiga la gestión de la DANA que el 29 de octubre de 2024 arrasó buena parte de la provincia de Valencia.

 

Lo que prometía ser una comparecencia más acabó convirtiéndose en una escena cargada de tensión, reproches y silencios incómodos, con un protagonista inesperado marcando el ritmo del debate: Gabriel Rufián.

 

Desde el primer minuto, el ambiente era espeso. No era una sesión cualquiera. No se hablaba de estrategia electoral ni de pactos parlamentarios, sino de una tragedia que dejó muertos, miles de afectados y una herida todavía abierta en la memoria colectiva.

 

Feijóo llegó con su relato bien aprendido, el mismo que lleva repitiendo desde hace más de un año: una defensa cerrada de Carlos Mazón, entonces presidente de la Generalitat Valenciana, y un intento constante de desplazar la responsabilidad hacia otros actores. Pero esta vez, ese relato no iba a pasar sin ser cuestionado.

 

El choque entre Feijóo y Rufián estaba marcado en rojo desde antes de empezar. En los pasillos ya se comentaba que el portavoz de ERC iba a ir al detalle, que no se quedaría en grandes titulares.

 

Y así fue. Cuando tomó la palabra, el ruido en la sala era ensordecedor. Interrupciones, murmullos, diputados levantándose de sus asientos.

 

En medio de ese caos, Rufián empezó a desgranar, una por una, las “mentiras flagrantes” que, según él, el líder del Partido Popular ha sostenido sobre lo ocurrido aquel 29 de octubre.

 

La primera cayó como una losa. Feijóo había insistido en varias ocasiones en que la Confederación Hidrográfica del Júcar no avisó del peligro real de las crecidas.

 

Rufián, sin elevar demasiado la voz, recordó los datos concretos: avisos emitidos a las 11:45 y a las 12:20 del mediodía.

 

Horas antes de que se constituyera el Cecopi y muchas más antes de que llegara el mensaje de alerta a la población valenciana.

 

Mientras tanto, Carlos Mazón seguía en El Ventorro, alejado del centro de coordinación. La pregunta flotó en el aire, incómoda y sin respuesta directa: ¿qué habría pasado si se hubiera actuado a tiempo?

 

A partir de ahí, el discurso de Rufián se convirtió en una especie de reconstrucción minuciosa de contradicciones, cambios de versión y silencios.

 

Feijóo había dicho que le gustaría conocer los mensajes intercambiados entre Mazón y Pedro Sánchez durante la tragedia.

 

Rufián respondió con ironía y dureza: era imposible, porque Mazón no estaba localizable y porque quien sí podía haber mantenido contacto, su jefe de gabinete José Manuel Cuenca, había formateado su móvil. Un detalle que, lejos de ser menor, alimenta aún hoy las sospechas sobre lo que ocurrió realmente durante esas horas críticas.

 

El portavoz republicano no se quedó ahí. Recordó cómo Feijóo aseguró primero que nunca había cambiado de teléfono, para después admitir lo contrario en una rueda de prensa.

 

Pequeñas grietas en el discurso que, sumadas, dibujan una imagen de falta de transparencia difícil de justificar cuando se habla de una catástrofe de tal magnitud.

 

Uno de los momentos más tensos llegó al hablar de los mensajes entre Feijóo y Mazón. El líder del PP había proclamado en repetidas ocasiones que quería que se conociera “toda la verdad”.

 

Sin embargo, esos mensajes tardaron más de un año en salir a la luz y solo lo hicieron cuando la jueza de Catarroja los reclamó formalmente.

 

Para más ironía, fueron entregados en Nochebuena. El simbolismo de la fecha no pasó desapercibido en la sala ni en la opinión pública.

 

Rufián cerró su intervención con otro punto especialmente delicado: las indemnizaciones a las víctimas.

 

Frente al discurso oficial de que la Generalitat había asumido gran parte de los pagos, el portavoz de ERC fue tajante. Se habían abonado gastos materiales, sí, pero no se había reconocido ni compensado adecuadamente a las víctimas humanas.

 

 

Ni siquiera existía un decreto del Consell que las reconociera formalmente como tales. Un matiz que cambia por completo el relato y que dejó a Feijóo visiblemente incómodo.

 

 

La respuesta del líder del PP fue defensiva, áspera, cargada de reproches personales. Llegó a preguntarse en voz alta si Rufián era “más ignorante o arrogante”, una frase que encendió aún más los ánimos.

 

El intercambio de acusaciones subió de tono hasta el punto de obligar a la presidenta de la comisión, Carmen Martínez, a intervenir en varias ocasiones para llamar al orden. El debate se deslizaba constantemente hacia otros terrenos, como si Feijóo buscara oxígeno fuera del foco principal.

 

En uno de esos intentos, el líder popular sacó a colación el accidente de Adamuz, tratando de establecer paralelismos.

 

Rufián reaccionó con dureza, calificando de “miserable” la comparación. Recordó que, en ese caso, el ministro Óscar Puente había dado explicaciones apenas media hora después.

 

Para Rufián, no se podía equiparar un fenómeno meteorológico extremo con una gestión política marcada por la ausencia y el retraso en la toma de decisiones.

 

El choque verbal también alcanzó a los socios políticos. Feijóo acusó a Rufián de ser “colaborador necesario” de un Gobierno que, según él, es el más corrupto de la historia.

 

La réplica fue inmediata: el portavoz de ERC le recordó los escándalos relacionados con el entorno de Vox, socios del PP en varias comunidades, y las acusaciones de desvío de donaciones destinadas a las víctimas de la DANA. La sala era un hervidero.

 

Más allá de los gritos y las frases gruesas, la sesión dejó una sensación clara: el relato de Feijóo sobre la DANA de Valencia está lejos de ser sólido.

 

Cada intento de desviar el foco acababa chocando con datos concretos, horarios, decisiones no tomadas y mensajes que nunca llegaron. Y en política, cuando los hechos se imponen al discurso, el desgaste es inevitable.

 

Esta comparecencia no solo afecta al pasado. Tiene consecuencias directas sobre el presente y el futuro del Partido Popular.

 

La figura de Carlos Mazón sigue siendo un lastre incómodo, y la defensa cerrada de Feijóo empieza a generar preguntas incluso entre sectores moderados de su electorado. ¿Hasta cuándo se puede sostener un relato que choca con documentos, avisos oficiales y decisiones judiciales?

 

Para las víctimas y sus familias, lo vivido en el Congreso puede resultar doloroso. Ver cómo su tragedia se convierte en arma arrojadiza, cómo se diluyen responsabilidades entre reproches cruzados, no ayuda a cerrar heridas.

 

Sin embargo, también pone de relieve la importancia de la memoria y de la rendición de cuentas. Porque lo ocurrido el 29 de octubre de 2024 no fue un accidente inevitable sin responsables políticos, y el debate sobre ello sigue abierto.

 

La sesión de este lunes dejó una imagen potente: la de un Feijóo atrincherado en su discurso, frente a un Rufián que, guste más o menos, decidió bajar al detalle y señalar contradicciones concretas.

 

En un Parlamento acostumbrado al ruido, esos momentos de precisión resultan especialmente incómodos para quien intenta esquivar preguntas.

 

Lo que está en juego no es solo la reputación de un líder político, sino la forma en que la política española afronta sus propias tragedias. Si se opta por el olvido, la negación o la manipulación del relato, el coste democrático es enorme.

 

Si, por el contrario, se asumen errores y se aprende de ellos, quizá se pueda evitar que algo así vuelva a repetirse.

 

La DANA de Valencia sigue siendo una herida abierta. Y cada vez que se intenta reescribir lo ocurrido sin afrontar la realidad, esa herida supura un poco más.

 

El debate de este lunes no cerró ninguna página, pero sí dejó claro que la verdad, por incómoda que sea, siempre acaba llamando a la puerta. Ahora la pregunta es quién estará dispuesto a abrirla.

 

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