BRUTAL BOFETADA A FEIJÓO Y AYUSO “LECCIÓN DE HISTORIA DE NIEVES CONCOSTRINA”.

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Cuando los españoles también llegaban en patera: la historia olvidada que desmonta el discurso del miedo migratorio.
La frase de Alberto Núñez Feijóo sobre una “crisis migratoria sin precedentes” ha vuelto a colocar la inmigración en el centro del debate político español. El líder del Partido Popular acusa al Gobierno de Pedro Sánchez de generar un efecto llamada, de no combatir con suficiente dureza a las mafias que trafican con seres humanos y de haber perdido el control de las fronteras. Es un discurso que busca firmeza, orden y alarma. Pero también es un discurso que, cuando se mira con algo de memoria histórica, queda atravesado por una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando recordamos que durante décadas los migrantes fueron los españoles?
Esa es la grieta que abre la historia. España no siempre fue país de llegada. Durante mucho tiempo fue país de salida, de hambre, de miedo, de jornaleros sin tierra, de mujeres enviadas al otro extremo del mundo, de refugiados cruzando fronteras, de familias enteras buscando en otro país lo que el suyo no les daba. Y entre esos episodios olvidados hay uno especialmente revelador: el de los españoles que emigraron a Argelia. Algunos llegaron en barcos de línea. Otros en pesqueros. Otros en embarcaciones precarias. Sí, también hubo españoles llegando como hoy llegan tantos otros: por mar, de noche, con miedo y con lo puesto.
La imagen parece invertida porque hoy el relato dominante coloca a España como frontera sur de Europa, como país que recibe pateras desde África. Pero durante el siglo XIX y buena parte del XX, la dirección del viaje fue muchas veces la contraria. Españoles de Menorca, Alicante, Murcia, Almería o Valencia cruzaron el Mediterráneo rumbo a la Argelia francesa para trabajar, sobrevivir o huir. Lo hicieron por necesidad, no por capricho. Exactamente como ocurre con tantas migraciones actuales.
La emigración española a Argelia empezó a crecer a mediados del siglo XIX, después de que Francia ocupara el territorio argelino en 1830 y necesitara poblar su colonia con trabajadores y colonos europeos. París soñaba con atraer a franceses y europeos del norte, pero la realidad fue más compleja. Los que llegaron en masa fueron, entre otros, italianos, malteses y españoles. Y los españoles no llegaron como turistas ni como inversores. Llegaron como mano de obra. Llegaron para abrir caminos, cultivar tierras, servir en casas, trabajar en comercios, levantar pueblos y rehacer vidas.
Los menorquines fueron de los primeros en abrir esa ruta. Desde Mahón y otros puntos de la isla partieron familias enteras hacia la provincia de Orán. La emigración fue tan intensa que en algunos lugares de Argelia se hablaba una variedad del catalán menorquín conocida como patuet o mahonés. Aquella comunidad no era anecdótica. Fundó pueblos, cultivó tierras y dejó huella lingüística y cultural. Para una isla como Menorca, la salida de tantos vecinos tuvo un impacto demográfico enorme. Para la Argelia colonial, esos trabajadores se convirtieron en una pieza esencial del sistema productivo.
Después llegaron miles de almerienses, alicantinos y murcianos. La proximidad geográfica facilitaba el viaje. El Mediterráneo no era una frontera abstracta: era una ruta de supervivencia. Desde las costas del sureste español hasta Orán había una distancia que muchas familias pobres contemplaban como posibilidad real. En la provincia de Orán, los españoles llegaron a ser una comunidad tan numerosa que la presencia del castellano se hizo cotidiana. Hubo periódicos en español, catecismos en catalán y barrios donde la vida diaria sonaba más a Levante que a París.
Francia terminó inquietándose por aquella situación. Había conquistado Argelia para convertirla en una colonia francesa, pero en muchas zonas la población europea que realmente trabajaba el campo y llenaba las calles no era francesa, sino española. El proyecto colonial se le llenó de acentos mediterráneos que no encajaban del todo con la idea original de París. Los españoles eran útiles porque trabajaban duro, pero también alteraban el equilibrio cultural que la administración francesa pretendía imponer.
La historia tiene una ironía evidente. En el siglo XIX, los españoles eran los migrantes pobres que llegaban a una colonia ajena para trabajar en lo que hubiera. No eran vistos siempre con simpatía. También despertaban recelos, desprecio y miedo a que ocuparan espacio, lengua y trabajo. Es decir, muchos de los argumentos que hoy se lanzan contra los migrantes que llegan a España se utilizaron, de una u otra forma, contra españoles que buscaban vida fuera.
La migración no fue solo económica. En 1939, con la Guerra Civil prácticamente perdida para la República, Argelia se convirtió también en destino de exilio. Miles de españoles intentaron escapar de la represión franquista desde los puertos del Mediterráneo. Alicante vivió uno de los episodios más dramáticos de aquel final de guerra. Mientras cientos de miles de personas cruzaban hacia Francia por los Pirineos, otros miles se agolpaban en el puerto esperando un barco que los sacara de España antes de la entrada definitiva de las tropas franquistas.
El símbolo de aquella huida fue el *Stanbrook*, un buque carbonero británico capitaneado por Archibald Dickson. El 28 de marzo de 1939, el barco zarpó de Alicante rumbo a Orán con más de 2.600 refugiados republicanos a bordo. Iba tan lleno que apenas quedaba espacio libre. Mujeres, hombres, niños, militantes, funcionarios, soldados derrotados y civiles aterrorizados subieron como pudieron. No viajaban buscando una vida mejor en abstracto. Viajaban para no caer en manos de quienes podían encarcelarlos, depurarlos o ejecutarlos.
La decisión del capitán Dickson fue heroica. Según el relato histórico, desobedeció las instrucciones comerciales que priorizaban la carga y decidió embarcar a tantas personas como pudo. Dejó mercancía en tierra y llenó el barco de refugiados. El *Stanbrook* salió de Alicante de noche, sin luces, para evitar ser detectado. Llegó a Orán, pero las autoridades coloniales francesas no permitieron el desembarco inmediato de todos los pasajeros. Mujeres y niños bajaron antes. Muchos hombres permanecieron semanas atrapados en condiciones durísimas antes de ser conducidos a campos o centros de internamiento.
En el puerto de Alicante quedaron miles de personas que no pudieron subir. Para muchas, el final fue trágico. Aquel puerto se convirtió en una ratonera. La República se hundía, los barcos no llegaban y la esperanza de escapar se agotaba por horas. Esa escena forma parte de la memoria más dolorosa del exilio español. Y, sin embargo, durante décadas ha ocupado un lugar secundario en el relato público. Quizá porque obliga a mirar a los españoles no como conquistadores, ni como europeos seguros de sí mismos, sino como refugiados desesperados.
También hubo quienes no viajaron en grandes barcos como el *Stanbrook*. Muchos cruzaron en embarcaciones pequeñas, de forma clandestina, aprovechando la cercanía entre las costas de Almería, Alicante o Murcia y el norte de África. Eran huidas precarias, peligrosas, improvisadas. Visto desde hoy, cuesta no establecer el paralelismo con las pateras que llegan a Canarias, Baleares o Andalucía. Cambian los rostros, los pasaportes y las direcciones. La lógica humana es la misma: alguien se sube a una embarcación frágil porque quedarse le parece todavía más peligroso que cruzar.
Ahí está la lección que incomoda al discurso del miedo. Nadie abandona su casa, su idioma, su barrio, sus muertos y sus recuerdos por gusto. La migración no es una excursión. Es una ruptura. A veces la empuja el hambre. A veces la guerra. A veces la falta de trabajo. A veces la persecución política. A veces una mezcla de todo. Los españoles lo hicieron durante generaciones. A América, a Francia, a Alemania, a Suiza, a Australia, a Argelia. Y cuando lo hicieron, esperaron que alguien les diera trabajo, refugio o al menos una oportunidad.
Por eso resulta tan pobre reducir la inmigración actual a una amenaza abstracta. Las mafias existen y deben combatirse. La gestión de fronteras es necesaria. La acogida requiere recursos, coordinación y políticas serias. Pero una cosa es gestionar un fenómeno complejo y otra muy distinta es convertir al migrante en chivo expiatorio de todos los males. El trabajador que recoge fruta, cuida ancianos, limpia hoteles, descarga camiones o sostiene sectores enteros de la economía no es el gran problema de España. El problema es mucho más profundo: precariedad, vivienda inaccesible, sanidad tensionada, servicios públicos deteriorados y desigualdad creciente.
La historia de los españoles en Argelia obliga a bajar el tono y subir el nivel del debate. Porque muestra que la migración no es una anomalía contemporánea ni un capricho provocado por un gobierno concreto. Es una constante histórica. Los flujos cambian según la economía, las guerras, las colonias, las dictaduras, los mercados laborales y las crisis climáticas. Hoy España recibe. Ayer España expulsaba. Mañana puede volver a cambiar. La soberbia nacional dura lo que tarda la historia en recordarte que tú también fuiste vulnerable.
También desmonta una idea muy cómoda: la de que los migrantes actuales son radicalmente distintos de “nosotros”. No lo son. Los españoles que llegaron a Argelia también fueron vistos como masa extranjera. También ocuparon trabajos duros. También formaron comunidades cerradas en algunos lugares. También conservaron su lengua, sus costumbres y sus redes familiares. También inquietaron a quienes se creían propietarios del territorio. Y, con el tiempo, también contribuyeron a la vida económica y social del lugar al que llegaron.
La diferencia está en la memoria. Cuando los migrantes son nuestros abuelos, los llamamos trabajadores, exiliados, valientes o buscavidas. Cuando los migrantes llegan ahora desde África, América Latina o Asia, demasiadas veces se les llama amenaza, avalancha o problema. La palabra cambia porque cambia el poder de quien mira. Pero la experiencia humana se parece demasiado como para fingir que no tiene nada que ver.
El episodio del *Stanbrook* debería enseñarse más. No solo como capítulo de la Guerra Civil, sino como espejo moral. Aquellas personas huyeron porque su país se había vuelto inhabitable para ellas. Llegaron a un territorio colonial donde tampoco fueron recibidas con los brazos abiertos. Muchos acabaron en campos, trabajos forzados o situaciones durísimas. La condición de refugiado no les garantizó dignidad inmediata. Pero su historia nos recuerda algo básico: cuando se cierran todas las puertas, cualquier barco parece salvación.
El uso político del miedo migratorio necesita desmemoria. Necesita que España olvide que fue pobre, que fue exiliada, que fue clandestina, que fue mano de obra barata, que fue sospechosa en puertos ajenos. Necesita que el español medio no se vea reflejado en quien hoy llega en una embarcación precaria. Necesita que el relato empiece siempre en la llegada del otro y nunca en la salida de los nuestros.
Por eso recuperar estas historias no es un ejercicio nostálgico. Es una forma de higiene democrática. Recordar a los menorquines en Argelia, a los almerienses cruzando el Mediterráneo, a los republicanos del *Stanbrook* y a los españoles que buscaron futuro fuera ayuda a desmontar la caricatura. La inmigración no se entiende con consignas. Se entiende con historia, economía, humanidad y memoria.
Feijóo tiene derecho a exigir al Gobierno una política migratoria eficaz. Cualquier oposición debe poder hacerlo. Pero la eficacia no exige alimentar pánicos morales ni presentar cada llegada como una invasión. Combatir a las mafias es imprescindible. Proteger derechos también. Ordenar flujos migratorios es necesario. Deshumanizar a quienes migran es peligroso.
La pregunta no es si España debe gestionar la inmigración. Debe hacerlo. La pregunta es si va a hacerlo desde la memoria o desde el miedo. Desde la conciencia de haber sido también país de emigrantes o desde la fantasía de una nación que nunca necesitó nada de nadie. Desde la política pública o desde la propaganda.
Cuando los españoles llegaban a Argelia, también había quien los miraba con recelo. Cuando los republicanos se agolpaban en Alicante, también dependían de que alguien no les cerrara la puerta. Cuando un capitán galés decidió llenar el *Stanbrook* de refugiados, no estaba resolviendo un problema estadístico. Estaba salvando vidas.
Ese recuerdo debería pesar más en el debate actual. Porque quizá la lección más sencilla es la más difícil de aceptar: nadie es extranjero para siempre y ningún país tiene garantizado estar siempre del lado cómodo de la frontera.
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