LA LECCIÓN DE HISTORIA DE NIEVES CONCOSTRINA CAE SOBRE DÍAZ AYUSO COMO UN VARAPALO POLÍTICO IMPOSIBLE DE DISIMULAR: LO QUE EMPEZÓ COMO UNA FRASE MÁS TERMINÓ CONVERTIDO EN UNA EXPOSICIÓN INCÓMODA DE CONTRADICCIONES Y MEMORIA OLVIDADA.

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La "LECCIÓN de HISTORIA" de Nieves Concostrina a Díaz Ayuso que la DEJA en RIDÍCULO por BOCAZAS

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La lección de Nieves Concostrina que las redes recuperan tras el apoyo de Ayuso a Israel.

 

Las declaraciones de Isabel Díaz Ayuso en defensa de Israel han vuelto a encender el debate político y moral sobre Gaza, Palestina y el uso de la historia como argumento de poder. La presidenta madrileña ha mantenido en los últimos meses una posición de apoyo firme al Gobierno israelí y de crítica frontal a quienes denuncian la ofensiva sobre Gaza como genocidio. Esa postura ha provocado una oleada de respuestas en redes sociales, especialmente desde sectores que acusan a Ayuso de ignorar no solo el derecho internacional, sino también la complejidad histórica que rodea el nacimiento del Estado de Israel.

Entre las respuestas más compartidas, muchos usuarios han recuperado una intervención de Nieves Concostrina sobre el mito fundacional de Israel. La periodista y divulgadora, fiel a su estilo directo, irónico y documentado, desmontaba en aquel espacio la utilización de relatos bíblicos como base histórica para justificar derechos políticos contemporáneos sobre un territorio. Su intervención ha vuelto a circular ahora como una especie de réplica cultural a Ayuso y a quienes defienden a Israel apelando a una supuesta continuidad histórica incuestionable.

El centro del argumento de Concostrina es tan sencillo como incómodo: cuando un Estado moderno intenta fundamentar derechos territoriales sobre un mito religioso, el debate entra en terreno peligroso. Un mito, por definición, no es una prueba histórica. Es un relato simbólico, una narración fundacional, una construcción cultural situada muchas veces fuera del tiempo verificable. Puede tener valor espiritual, identitario o literario. Pero no puede funcionar como escritura de propiedad sobre una tierra habitada por otros pueblos.

La Biblia puede ser un texto sagrado para millones de personas. Puede ser una obra literaria fundamental. Puede ser un documento cultural imprescindible para entender la historia de Occidente y Oriente Próximo. Pero una cosa es la fe y otra la historia. Una cosa es creer en Moisés, el Éxodo, las plagas de Egipto o la apertura del mar Rojo. Otra muy distinta es convertir esos relatos en prueba jurídica, arqueológica o política para legitimar la ocupación, el desplazamiento o la negación de derechos de la población palestina.

Concostrina lo explicaba con su habitual contundencia: el Éxodo judío, tal y como aparece narrado en la tradición bíblica, no está respaldado por evidencias arqueológicas proporcionales al relato. No hay rastro material suficiente de una salida masiva de millones de personas de Egipto, ni de una travesía de cuarenta años por el desierto, ni de todos los episodios extraordinarios que la tradición religiosa convirtió después en relato fundacional. Los historiadores y arqueólogos llevan décadas discutiendo el grado de historicidad de esos textos, pero el consenso más prudente distingue claramente entre memoria religiosa, construcción literaria e historia verificable.

Ese matiz es fundamental. No se trata de negar la existencia histórica del pueblo judío ni su vínculo profundo con la tierra de Israel y Palestina. Ese vínculo existe y forma parte de una historia larga, compleja y dolorosa. Lo que se cuestiona es otra cosa: que un relato bíblico pueda utilizarse como argumento absoluto para justificar un Estado moderno que ocupa, desplaza, bombardea o niega derechos a otro pueblo. La conexión histórica no puede convertirse en cheque en blanco político. Y la memoria religiosa no puede sustituir al derecho internacional.

La recuperación viral del fragmento de Concostrina funciona precisamente porque introduce historia donde demasiadas veces se coloca propaganda. Frente al discurso que presenta Israel como una consecuencia natural, lineal y casi sagrada de una promesa bíblica, la periodista recuerda que los Estados modernos no pueden fundarse sobre fábulas religiosas elevadas a verdad administrativa. El Estado de Israel nació en 1948 en un contexto político muy concreto: el final del mandato británico, la partición aprobada por Naciones Unidas, la memoria del Holocausto, la presión del movimiento sionista y la guerra que siguió inmediatamente después. Ese nacimiento no puede entenderse con un solo versículo ni con una sola leyenda.

La cuestión palestina empieza justamente ahí. Para Israel, 1948 es independencia. Para los palestinos, es la Nakba: expulsión, pérdida de hogares, exilio y fragmentación nacional. Dos memorias chocan sobre el mismo territorio. Pero una tiene Estado, ejército, reconocimiento internacional y apoyo de grandes potencias. La otra sigue reclamando soberanía, derechos, retorno, protección y fin de la ocupación. Reducir ese conflicto a “la tierra prometida” no es explicar nada. Es borrar a millones de personas.

Por eso el vídeo de Concostrina ha vuelto a circular con tanta fuerza tras las palabras de Ayuso. La presidenta madrileña ha convertido su apoyo a Israel en una seña política, alineándose con un discurso que presenta cualquier crítica al Gobierno de Benjamin Netanyahu como sospechosa de antisemitismo o como parte de una ofensiva ideológica de la izquierda. Pero esa operación retórica es tramposa. Criticar al Gobierno israelí, denunciar la destrucción de Gaza o cuestionar el uso político de la Biblia no equivale a odiar a los judíos. Confundir deliberadamente ambas cosas empobrece el debate y blinda al poder frente a la crítica.

El antisemitismo existe y debe ser combatido con contundencia. La historia europea está marcada por siglos de persecución antijudía que culminaron en el Holocausto. Esa memoria es irrenunciable. Pero precisamente por respeto a esa memoria, no puede usarse el dolor del pueblo judío como escudo para justificar cualquier acción del Estado de Israel. La protección frente al antisemitismo no puede convertirse en impunidad para un gobierno. Y la tragedia histórica de un pueblo no autoriza la destrucción de otro.

La ofensiva israelí sobre Gaza ha generado una condena internacional creciente. Organismos de Naciones Unidas, relatores especiales, organizaciones humanitarias, juristas y gobiernos han advertido del alcance devastador de los bombardeos, del desplazamiento masivo de civiles, del colapso humanitario y del riesgo de violaciones graves del derecho internacional. La Corte Internacional de Justicia mantiene abierto el procedimiento iniciado por Sudáfrica contra Israel bajo la Convención de Genocidio y ha dictado medidas provisionales para evitar actos que puedan vulnerarla. Ese marco jurídico no es una consigna de partido. Es el escenario internacional en el que se está discutiendo la responsabilidad del Estado israelí.

En ese contexto, las palabras de Ayuso no son neutras. Cuando una dirigente autonómica española exhibe apoyo político a Israel mientras evita reconocer la gravedad de lo que ocurre en Gaza, no está haciendo solo política exterior simbólica. Está tomando posición en una disputa moral de primer orden. Y cuando además se presenta a quienes denuncian a Israel como propagandistas, antisemitas o enemigos de Occidente, el debate se desplaza desde los hechos hacia la descalificación.

Ahí encaja la lección de Concostrina. Su intervención no pretende resolver todo el conflicto israelí-palestino en unos minutos. Lo que hace es desmontar uno de los pilares retóricos más recurrentes: la idea de que una narración bíblica puede servir como justificación histórica suficiente para apropiarse de un territorio. La divulgadora recuerda que los mitos fundacionales son poderosos porque dan identidad, cohesión y sentido. Pero también pueden ser peligrosos cuando se convierten en arma política.

La frase del historiador Keith Whitelam que Concostrina recupera resume esa tensión: la lucha por el pasado es, muchas veces, una lucha por el poder y el control en el presente. Quien controla el relato histórico controla la legitimidad. Quien decide qué memoria cuenta y cuál se borra decide también quién tiene derecho a permanecer, quién debe obedecer y quién puede ser expulsado. En Palestina, esa batalla por el pasado no es académica. Tiene consecuencias sobre la tierra, las casas, los checkpoints, los asentamientos, los muros y los cuerpos.

El relato bíblico del Éxodo, la conquista de Canaán o la promesa divina de una tierra ha sido utilizado durante décadas por sectores religiosos y nacionalistas para reforzar la legitimidad de la colonización. Pero la arqueología no trabaja con promesas divinas. Trabaja con restos, dataciones, estratos, documentos, inscripciones, materiales y contexto. Y cuando las pruebas no aparecen, el mito no se convierte en historia por repetirse más alto.

Concostrina ironiza sobre esa búsqueda permanente de vestigios que confirmen la narración bíblica. Excavaciones, hipótesis, supuestas pruebas, piezas mal datadas, hallazgos discutidos y relatos reconstruidos para encajar en una fe previa. Su crítica no va contra la arqueología seria, sino contra la arqueología puesta al servicio de una agenda política. No es lo mismo investigar el pasado que buscar desesperadamente pruebas para validar una conclusión ya decidida.

Ese punto conecta directamente con el presente. Israel no necesita demostrar que Moisés existió para ser un Estado reconocido internacionalmente. El problema no es ese. El problema es cuando determinados discursos pretenden usar la antigüedad bíblica para negar derechos nacionales palestinos actuales. La existencia histórica de comunidades judías en la región no borra la existencia contemporánea del pueblo palestino. La memoria judía no cancela la memoria palestina. Y ninguna religión debería servir para decidir quién merece ciudadanía, seguridad o tierra.

La viralización del fragmento demuestra que hay una parte de la sociedad española cansada de relatos simplistas. Cansada de escuchar que apoyar a Palestina es apoyar a Hamás. Cansada de que denunciar bombardeos sobre civiles sea presentado como antisemitismo. Cansada de que la historia se reduzca a consigna. Por eso una intervención antigua de Concostrina puede funcionar como respuesta actual: porque introduce complejidad donde el discurso político intenta imponer obediencia.

Ayuso representa en este debate una derecha que ha hecho de Israel un símbolo cultural. Israel aparece como frontera occidental frente al islam, como democracia rodeada de enemigos, como aliado natural contra el terrorismo y como espejo de firmeza militar. Esa imagen omite la ocupación, los asentamientos, el bloqueo de Gaza, la desigualdad de derechos y la violencia ejercida sobre la población palestina. Es un Israel convertido en bandera ideológica, no en objeto de análisis.

El problema es que cuando la política convierte un Estado en tótem, deja de ver a sus víctimas. Gaza deja de ser un territorio devastado y pasa a ser una molestia narrativa. Los palestinos dejan de ser civiles con derechos y se convierten en daño colateral. Los niños muertos, los hospitales destruidos, el hambre y los desplazamientos forzados quedan subordinados a una frase: “Israel tiene derecho a defenderse”. Claro que todo Estado tiene derecho a defender a su población. Pero ese derecho no incluye castigar colectivamente a millones de civiles ni actuar al margen del derecho internacional humanitario.

La crítica a Ayuso, por tanto, no se limita a una discrepancia diplomática. Es una crítica a la manera en que se usa la historia para justificar el presente. Una crítica a la facilidad con la que se invoca la Biblia para borrar a Palestina. Una crítica a la comodidad de mirar Gaza desde Madrid como si fuera un tablero ideológico y no una catástrofe humana.

La historia de Israel y Palestina es demasiado compleja para reducirla a un mito fundacional. Incluye imperios, diásporas, religiones, colonialismo europeo, antisemitismo, sionismo, mandato británico, Holocausto, partición de la ONU, guerra de 1948, Nakba, ocupación de 1967, asentamientos, intifadas, procesos de paz fallidos, bloqueo de Gaza, terrorismo de Hamás y violencia estructural del Estado israelí. Cualquier relato que seleccione solo una parte de esa historia para justificarlo todo está haciendo propaganda.

Ahí está la fuerza de Concostrina: no permite que el mito pase por dato. No permite que la fe se disfrace de escritura pública. No permite que una narración sagrada se utilice como coartada para una política de ocupación. Su estilo puede ser ácido, incluso provocador. Pero el fondo de su intervención señala un principio básico: los derechos actuales de los pueblos no pueden depender de leyendas antiguas interpretadas por el poder de turno.

Las redes han recuperado el vídeo porque funciona como antídoto frente a la solemnidad vacía. Frente a quienes hablan de Israel como si fuera una verdad eterna e incontestable, Concostrina recuerda que toda nación construye relatos sobre sí misma. Algunos son más verificables que otros. Algunos sirven para cohesionar. Otros para conquistar. Y cuando un mito se convierte en arma, conviene desmontarlo antes de que siga haciendo daño.

La polémica de Ayuso ha reactivado esa necesidad. No basta con decir “apoyo a Israel” sin mirar qué hace el Gobierno israelí. No basta con invocar la historia judía sin reconocer la historia palestina. No basta con llamar antisemitismo a toda crítica. No basta con convertir la Biblia en plano catastral. La política responsable exige distinguir entre pueblo judío, religión judía, Estado de Israel, Gobierno de Netanyahu, sionismo, ocupación y derechos palestinos. Mezclarlo todo solo beneficia a quienes quieren que la discusión sea emocional, no racional.

La lección histórica no resuelve el conflicto, pero sí desmonta algunas trampas. La primera: que un mito religioso pueda justificar una soberanía absoluta. La segunda: que la crítica a Israel sea odio antijudío. La tercera: que la antigüedad de una presencia borre los derechos de quienes viven allí hoy. La cuarta: que la fuerza militar pueda transformar una narración en justicia.

Por eso el fragmento de Concostrina sigue circulando. Porque, en medio del ruido, dice algo que debería ser evidente: la historia no puede ser una coartada para la deshumanización. Y ningún pueblo debería perder sus derechos porque otro haya convertido una leyenda en título de propiedad.

Ayuso puede seguir defendiendo a Israel. Las redes pueden seguir respondiendo con Concostrina. Pero el debate de fondo seguirá siendo el mismo: si Europa y España van a mirar Gaza desde el derecho internacional y la memoria histórica, o desde el mito, la propaganda y el alineamiento automático con el poder.

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